Dónde estar sola en Nueva York

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Pensando lo viral en las redes sociales: ¿Lo viral se vuelve banal?

2020.08.03 02:42 Otro_engranaje Pensando lo viral en las redes sociales: ¿Lo viral se vuelve banal?

¡Buenas comunidad!, en esta ocasión traigo nuevamente un breve ensayo que compartiré por este medio y por mi blog (si les resulta más cómodo leerlo por allí).
En resumen: Hago foco sobre las tendencias y el fenómeno de la viralización, y de cómo lo que se viraliza tiende a volverse banal, sin importancia, incluso cuando lo que se viraliza es un asunto que demanda seriedad. Introduzco el pensamiento de Halsall McLuhan ("el medio es el mensaje"). Además cito a autores como Baudrillard y Guy Debor, cuyas tesis (El primero, con sus libros El sistema de los objetos y Cultura y Simulacro y, el segundo, con La Sociedad del espectáculo) proporcionan un marco teórico bastante interesante para abordar la situación.
El ensayo:
La viralización, la banalización…
La internet, tal cual la conocemos hoy, es una fuente casi inagotable de información. Las redes sociales, en el presente, son a su vez un instrumento de gran sofisticación al momento de recopilar y difundir cierto tipo de información. Ahora quizás no lo recordemos, pero en el año 2014 el boom de difusión del denominado “#IceBucketChallenge”, aquella campaña para concientizar y recaudar fondos para invertir en la investigación sobre la Esclerosis lateral amiotrófica, era (incluso un año después) el fenómeno global más multitudinario de la historia de las redes, con más de 17 millones de videos y 440 millones de visualizaciones sobre aquél reto [1]; o el meme “Harlem Shake”, en el año 2013, (esos vídeos dónde una persona bailaba sola en una habitación y de un momento a otro, la habitación explotaba de gente disfrazada haciendo movimientos bizarros con la canción característica de fondo) que llegó a recopilar algo así como 175 millones de visualizaciones ese año y unas tantas miles de versiones de un mismo vídeo [2] [3].
Lo viral, de acuerdo a la RAE, es en una primera acepción lo “perteneciente o relativo a los virus”, pero en el siglo XXI se sumó una nueva definición: “adj. Dicho de un mensaje o contenido: Que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet” [4]. Los “fenómenos virales” son hoy moneda corriente. Año tras año vemos tendencias que van y vienen. Algunas, como el “Harlem Shake”, simples memes. Otros, como el “#IceBuketChallenge”, pretenden transmitir un mensaje más serio y profundo. Pero, sea de una u otra naturaleza, lo cierto es que lo viral, convertido en moda, suele ser pasajero; tiende a convertirse en banal, trivial o carente de sustancia. Si de un chiste se tratase, si fuese solo una broma, deja de causar gracia en cuanto pasa de moda; si el contenido se propusiese enviar un mensaje, o generar conciencia sobre un problema, lo hace, pero en cuanto se haya cumplido su período de expiración, el mensaje junto con el contenido es olvidado, sepultado en la memoria de un universo repleto de tendencias que no cesan de aparecer y desaparecer en cuestión de años, meses o incluso semanas, independientemente de que el problema haya sido o no resuelto.
Pero, acaso… ¿Será que la viralización en las redes sociales tiende a la banalización de aquello que se viraliza?, ¿es esto cierto, o es una idea de una mente pesimista?
Cuando el medio es el mensaje.
Los usos de las redes sociales son principalmente comerciales y publicitarios, aunque no puedan desprenderse totalmente de su valor como potenciales agentes de mediación social [5]
La anterior afirmación extraída de un artículo de los “Cuadernos de Información y Comunicación” (revista de la Universidad Complutense de Madrid), nos da a entender dos cosas: La primera, que las redes sociales, además de ser un espacio de “socialización” virtual, son un medio. La segunda, explícita, que los principales usos de este medio son “comerciales y publicitarios”, lo que no quita que sean agentes poderosos de “mediación social”. Pero en esencia, es un medio, y es por naturaleza un canal que no nos pone en contacto con lo inmediato, sino con una imagen (en lo que haremos hincapié más adelante).
Marshall McLuhan, filósofo canadiense del siglo XX, no llegó a presenciar el fenómeno de las redes sociales ni del Internet, pero no se equivocaba al enunciar lo siguiente: que “el medio es el mensaje”. Aquí el medio, entendido en un sentido más amplio, no es un simple canal pasivo por el cual se transporta el mensaje, sino que el medio es aquí un potencial modelador y controlador, en cierto sentido, no solo del mensaje obvio y evidente, sino del sentido que el medio mismo le da al mensaje atendiendo a las circunstancias en las que ese mensaje es transmitido (No es lo mismo invitar a unos amigos a compartir un almuerzo en mi casa mientras platicamos en un bar, a enviarles una carta en la que se los invite a almorzar. El segundo “medio” supone un encuentro más formal y ceremonial). Lo anterior,
… significa que las personas tienden a centrarse en lo obvio, que es el contenido, en brindarnos información valiosa, pero en el proceso, pierden en gran medida los cambios estructurales en sus asuntos que son introducidos de manera sutil o durante largos períodos de tiempo. A medida que los valores, las normas y las formas de hacer las cosas de la sociedad cambian debido a la tecnología, es entonces que las personas se dan cuenta de las implicaciones sociales del medio.[6]
Utilizando esta línea de pensamiento como fundamento, cabría preguntarnos entonces: ¿Qué “mensaje” transmiten las redes sociales como “medio”? En primera instancia, hay que identificar que las redes sociales son, al mismo tiempo, privadas y públicas. Esto es, cada usuario tiene su propio contenido “privado”, su propio “usuario” y accede a un determinado tipo de contenido que él (podemos o no estar de acuerdo en lo siguiente) elige. Pero al mismo tiempo, su usuario es “público” en la medida en la que está en contacto con otros usuarios; en la medida en que el contenido que publica, justamente, se hace público; en la medida en que el contenido que el usuario individual accede, es accesible para otros usuarios (quitando de la ecuación a las cuentas “privadas”, que no dejan de ser para un público restringido).
En segundo lugar, y tomando como modelo a las redes más influyentes (Instagram y Twitter), debemos hablar de la visualización del contenido y de los “mensajes” a los que el usuario accede. En el caso de Twitter, las publicaciones constan de 280 caracteres (siendo posible adjuntar un vídeo o una imagen) [7]; En Instagram, los pies de las fotos o imágenes (principal recurso de esta red social) no suelen exceder los 150 caracteres [8]. Los “mensajes” (el contenido de las publicaciones) tienden, de este modo, a ser espontáneos, impactantes y concisos. Por otra parte, esto le da la oportunidad al usuario a no detenerse mucho tiempo en un solo posteo, o una sola publicación, sino a visualizar más de una publicación, aunque esto es relativo, pues depende de la interacción que el usuario tenga con la/s publicación/es (esto es, si se detiene a comentarla o a leer los comentarios).
El hecho de que el medio sea el mensaje implica, además, que hace falta un contexto “para que podamos entender que el medio es el mensaje” [9]. El contexto, en este caso, si bien varía la situación en la que recibe el mensaje cada usuario (dónde, cuándo y cómo de la visualización de una publicación), no deja de formar parte de un universo común que es la red social (universo aparte, pero determinante a la vez). Las publicaciones, al ser en tiempo real (uno tiene acceso a ellas apenas publicadas), y al publicarse en un mismo espacio, suelen tener un impacto general. Pero la interpretación del mensaje de las comunicaciones puede variar de acuerdo al usuario en cuanto a su región de residencia y a las condiciones socio-económicas reales a las que esté sometido. Tenemos entonces un medio objetivo, pero una interpretación subjetiva.
Este medio objetivo (la red social) nos dice mucho del mensaje. En principio, como mencioné, se trata de un espacio público-privado, donde lo personal se mezcla con lo público, existiendo una interacción entre estos dos campos (el público y el privado). De momento, se torna casi indistinguible dónde empieza y dónde acaba lo público y lo privado. Por otra parte, el contenido (el mensaje de la publicación, siendo la publicación un medio dentro de otro medio, que es la red social), dijimos es por lo general breve e impactante, pero es también diverso. Esto quiere decir, tenemos una amplia variedad de contenido, pero todo este siendo de rápido consumo. El usuario tiene la posibilidad de acceder a más de una publicación (recordando, claro, que es relativo puesto a que también puede interactuar con una u otra publicación). Al batallar dentro de un campo de publicaciones tan vasto, la publicación tiene que ser llamativa, y exprimir al máximo los recursos a su disposición para atraer la mayor atención posible. A veces solo basta una buena reputación de quien la genera para que esta sea atractiva.
Otro detalle, que no debemos obviar, es el siguiente: el usuario no es un espectador pasivo. El usuario interactúa con las publicaciones y, además, crea sus propias publicaciones. De este modo, el usuario no es meramente un receptor, sino que al mismo tiempo es emisor. No solo esto. El usuario puede formar parte de la publicación; puede reproducir el mensaje; puede criticarlo abiertamente o, en fin, puede pasar de este.
Repasemos entonces, punto por punto, las características que hemos señalado anteriormente sobre el medio que analizamos (cabe destacar que no necesariamente es esto un decreto universal):
· El medio es un espacio público-privado.
· El medio tiene implicaciones objetivas (la “publicación”, la estructura misma de la red social, la inmediatez y la virtualidad) y subjetivas (situación social y económica real del usuario-sujeto).
· El sujeto-usuario puede interactuar con la publicación y con su contenido, así como con otros usuarios.
· El sujeto-usuario puede crear publicaciones, puede reproducir publicaciones o puede también compartir publicaciones que ha visto y puede así mismo criticarlas abiertamente.
Con esto podemos dar por supuesto lo siguiente: Al mezclarse lo público con lo privado; al mezclarse implicaciones objetivas y subjetivas y al haber una interacción entre los emisores y los receptores, EL MENSAJE (lo que se quería o pretendía transmitir) tiende a perderse, tiende a confundirse. El contenido específico corre un alto riesgo de deformarse.
Tendencia y mensaje vacío.
Si, entonces, lo que en primera instancia era el mensaje de una publicación corre el riesgo de deformarse en este proceso interactivo que propone la red social como medio, la viralización puede producirse tomando la forma de la publicación, pero no su contenido.
Un caso que, de hecho, fue el que me inspiró para redactar este breve ensayo, es el del actual reto “#ChallengeAccept” de Instagram, etiqueta que motivo a mujeres en todo el mundo a compartir una fotografía de ellas mismas en blanco y negro. Mientras que, por un lado, hay gente que piensa que se trata de una campaña sobre “mujeres que apoyan a mujeres”, desconociendo el por qué y la motivación de la misma, y acompañando las leyendas de las imágenes con frases de “apoyo” o “aliento” (como la modelo Cindy Crawford, que adjuntaba a su imagen en blanco y negro participante de la tendencia algo así como que le encantaba esa forma “sencilla” de elevarse unas a otras)[10], por otro lado, hay quienes afirman que #ChallengeAccept…
… surgió en Turquía, país donde la violencia machista se ha multiplicado de manera alarmante. Los crímenes contra las mujeres de aquel país este año se difundieron con fotos de las víctimas en blanco y negro y las fechas de nacimiento y muerte, y así nació la iniciativa.[11]
También se supone que la campaña es anterior a la iniciativa turca, desprendida de un discurso que la congresista norteamericana Alexandra Ocasio-Cortez hizo contra el machismo. Por el momento, el sentido de tales publicaciones sigue siendo difuso.
Se trata, en este caso, de un fenómeno relativamente viral que ha sido banalizado; se trata de publicaciones masivas carentes de un sentido o una sustancia (en este caso particular). ¿Por qué sucede esto?
La imagen, lo espectacular y el producto.
Lo he citado en un anterior ensayo (El amor, con etiquetas.), y lo volveré a citar aquí. Es Guy Debord quien, con su modelo de “la sociedad del espectáculo”, a mi parecer, da en el clavo. Hasta ahora venimos hablando de medios, de mensajes, de mensajes banalizados… pero todo esto dentro del marco de un universo particular: Las redes sociales. Y es que las redes sociales –como lo ha sido la televisión masiva a finales del siglo XX– son, en esencia, una representación de lo real, de lo inmediato. Tal como sentencia el filósofo citado:
El espectáculo no puede ser comprendido como el abuso de un mundo de la visión o como el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Se trata más bien de una Weltanschauung devenida efectiva, materialmente traducida. Es una visión del mundo que se ha objetivado.[12]
El espectáculo, como modelo de lo real, acaba desplazando a lo verdaderamente real. El espectáculo se torna realidad en cuanto configura a la realidad misma. En este sentido, las redes sociales constituyen un mundo del espectáculo. Las publicaciones no son la realidad, pero nos dan una imagen de ello. Pero la red social es un universo interactivo, donde el usuario es un ente participativo dentro de este mundo “espectacular”. En este sentido, el usuario, a razón de la vida cotidiana en sociedad, construye en este espacio una “identidad”, pero una identidad dentro del espectáculo. Baudrillard, filósofo de pensamientos similares a los de Guy Debord (él no habla de “espectáculo”, sino de “hiperrealidad” y de simulación. Su obra Cultura y Simulacro profundiza en la cuestión), habla al respecto de estas identidades.
Somos, en este sentido, ser para otros (bastardillas mías) y no solo por la teatralidad propia de la vida social, sino porque la mirada del otro nos constituye, en ella y por ella nos reconocemos. La construcción de nuestra identidad tiene lugar desde la alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte en espectáculo.[13]
Así vistas las cosas, el individuo no se compenetra al 100% con el contenido de los mensajes; el usuario no interactúa enteramente con la publicación y con su mensaje. El usuario, a través de esta interacción, construye su identidad espectacular. Una tendencia surge, de acuerdo a este proceso, para ser consumida por los usuarios. Los usuarios pueden consumirla de manera pasiva; pueden reproducir la tendencia y ser al mismo tiempo parte de la tendencia. Este consumo no consiste en “tener”, sino en “parecer”. Es lo que me hace como identidad espectacular. La forma es el mensaje en sí mismo, y el contenido se debilita (de esto no se deduce que toda publicación sea una imagen carente de sustancia). El ejemplo más evidente es la tendencia del #ChallengeAccept, dónde la forma del contenido (las imágenes en blanco y negro, las leyendas de “apoyo” a la comunidad femenina) es más importante que el contenido en sí (cuya naturaleza es, por muchos seguidores de la tendencia, incomprendida).
Lo viral y la lógica de la moda.
El usuario, entonces, consume contenidos; consume publicaciones; consume espectáculo y a su vez, se produce él mismo dentro de un espectáculo, que es la red social. Cuando una tendencia o un contenido se viraliza, no se sigue inmediatamente su banalización. Su banalización es tal en el momento en que el contenido no se viraliza por su sustancia, sino por su forma.
Por otro lado, un contenido es viral cuando está de moda. Y la lógica de la moda es la lógica de la obsolescencia. Así:
… capitalismo y moda se retroalimentan. Ambos son el motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos ponen en acción emociones y pasiones muy particulares […]. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J. Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”.[14]
La moda está destinada a ser sustituida por otra moda. Pero no muere, desaparece. Justamente nadie se detiene a llorar por una “moda muerta”, justamente, por el hecho de que nunca una moda muere: la moda es sustituida por una nueva, de un momento a otro, en la que nos vemos obligados a depositar nuestra atención.
Las tendencias virales, de este modo, es justamente por su naturaleza intrínseca que están destinadas a aparecer y desaparecer constantemente. Son un objeto de consumo, un espectáculo, una experiencia que se agota. Su contenido no suele pasar de la mera forma, y las formas son fáciles de sustituir pues, justamente, son formas. Esta lógica, de una frivolidad considerable, no es nueva en lo absoluto. ¿Por qué frivolidad? Pues, porque, así como la lógica de moda es aplicada a un producto, también es aplicada a problemáticas sociales reales: El #IceBucketChallenge es un ejemplo de ello. La campaña no fue poca cosa: se estima que 115 millones de dólares se donaron a la Asociación para la Esclerosis lateral amiotrófica solo en la primera semana, y a raíz de la trascendencia del reto. Pero, al final, en el mismo artículo de la cadena BBC, se deja en evidencia el efecto de lo pasajero típico de una moda:
Ammar Al-Chalabi, profesor de neurología y genética de enfermedades complejas en la universidad londinense King´s College London, cree que existe el riesgo de que el público crea que estas enfermedades ya no necesitan más dinero.
Más bien es lo opuesto. "Necesitamos un desafío de la cubeta continuo", dijo.[15]
Cómo bien dije, no se trata de un fenómeno nuevo y típico de las redes sociales de internet. South Park, una caricatura satírica y bizarra estadounidense, tiene un episodio que hace un llamado de atención al fenómeno de las problemáticas sociales como modas, titulado en el español: Problema de Amígdalas (13-04-2009). En el capítulo, Eric Cartman, uno de los protagonistas, contrae el SIDA accidentalmente mientras le quitan las amígdalas en una cirugía. En un intento desesperado por conseguir apoyo de sus amigos y de la comunidad, Cartman fracasa puesto que ahora es el Cáncer la enfermedad que más atención social demanda y que más sensibiliza a las personas. El capítulo es una exageración de una problemática real de principios de siglo y finales del siglo pasado (ver Historia: Nivel 1. Netflix. Capítulo 9: El SIDA).
Conclusiones generales.
Podríamos ser fatalistas y decir que todo lo viral se convierte ineludiblemente en algo banal. Pero no es así. El caso del #IceBuckettChallenge, nos deja un lado positivo (la gran recaudación que genero el “movimiento virtual”, que de otra forma hubiese sido difícil concertarla), y un lado negativo (pasada la moda, las masas creemos que pasó el problema).
Sí sostengo lo que he mencionado en una sección de este breve ensayo: que la banalización es tal en el momento en el cuál el fenómeno o el contenido de lo viral es tomado en su forma, y no en su sustancia (Como en el caso del #ChallengeAccept en Instagram), o sea, importa la publicación en su forma estética y viral como una manera de parecer, y la reproducimos siempre y cuando al mismo tiempo contribuye en la construcción de nuestra identidad espectacular.
Cuando se trata de una problemática que se viraliza, siempre podremos solidarizarnos si esa solidaridad no implica una responsabilidad. Cuando no hay responsabilidad, no hay un vínculo con la problemática. Cuando no hay un vínculo con la problemática, el sujeto nunca llegó a conocerla realmente, sino que solo conoció su representación-espectáculo.

[1] (3-08-2015): “A un año del #IceBucketChallenge, ¿qué se ha logrado?”, BBC, Mundo, Salud. En línea: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150803_salud_aniversario_icebucjetchallenge_esclerosis_ig
[2] (18-02-2013): “’Harlem Shake’: el baile ridículo que arrasa la Red”. El Mundo España, Medios. En línea: https://www.elmundo.es/elmundo/2013/02/18/comunicacion/1361217707.html
[3] Zeichner, N. (15-02-2013): “FADER Explains: Harlem Shake”, The Fader, Music. En línea: https://www.thefader.com/2013/02/15/fader-explains-harlem-shake/
[4] RAE (Real Academia Española): “viral”. En línea: https://dle.rae.es/viral
[5] Caldevilla Domínguez, D.; Barrientos Báez, A.; Parra López, E. (2020). Horizontes del mundo digital: de la simulación y la banalización de la experiencia, a un uso social, ecológico e innovador de la Sociedad Red, en CIC. Cuadernos de Información y Comunicación 25, 269-277.
[6] (Rev. 13-04-2020): “El medio es el mensaje”. Wikipedia. Wiki. En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/El_medio_es_el_mensaje
[7] Rubal Thomsen, M. (27-09-2017): “Twitter amplía la extensión de sus mensajes a 280 caracteres”. La Vanguardia. España. En línea: https://www.lavanguardia.com/tecnologia/20170927/431590709836/twitter-amplia-limite-280-caracteres.html#:~:text=Twitter%20dobla%20el%20espacio%20para,de%20ampliaci%C3%B3n%20con%20algunas%20lenguas.
[8] Jackson, D. (22-05-2017): “Conoce tus límites: El largo ideal para cada post en redes sociales”. SproutSocial. SproutBlog. En línea: https://sproutsocial.com/insights/contador-de-caracteres-de-redes-sociales/
[9] Strate, Lance (2012). «El medio y el mensaje de McLuhan: La tecnología, extensión y amputación del ser humano». Infoamerica: Iberoamerican Communication Review 7. P.73. En línea: https://www.infoamerica.org/icn07_08/strate.pdf
[10] Lorenz, T. (28-07-2020): “#RetoAceptado: por qué algunas mujeres publican selfies en blanco y negro”. The New York Times. Estilos de vida. En línea: https://www.nytimes.com/es/2020/07/28/espanol/estilos-de-vida/reto-selfi-blanco-negro.html
[11] (30-07-2020): “Desafío aceptado, la convocatoria contra la violencia de género que acaparó las redes”. Página 12. Sociedad. En línea: https://www.pagina12.com.a281900-desafio-aceptado-la-convocatoria-contra-la-violencia-de-gene
[12] Debord, G. (1967): La sociedad del espectáculo. Imprenta Quattrocento. Santiago de Chile, p.9. En línea: http://www.observacionesfilosoficas.net/download/sociedadDebord.pdf
[13] Vásquez Rocca, A. (2007): “Baudrillard; Cultura, simulacro y régimen de mortandad en el Sistema de los objetos”. Eikasia: revista de filosofía, N.9, p.2 (pdf). En línea: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2247601
[14] Vázquez Rocca, A. Op. Cit., p.3 (pdf)
[15] (3-08-2015): “A un año del #IceBucketChallenge, ¿qué se ha logrado?”, BBC, Mundo, Salud. En línea: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150803_salud_aniversario_icebucjetchallenge_esclerosis_ig
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2020.04.08 05:32 alforo_ Critóbal Colón, el genocida sin escrúpulos

Desde los tiempos inmemoriales de la escuela nacional católica del franquismo, se nos enseñó que Colón era nuestro héroe histórico, que había descubierto el «nuevo» continente y llevado la civilización a los «indios» que lo habitaban. Con el transcurso del tiempo descubrimos que Colón no era ni siquiera español, ni había descubierto un nuevo continente, y que lo que había en aquel continente no eran «indios» sino aborígenes americanos. En este didáctico trabajo del historiador estadounidense a Howard Zinn nos descubre el rostro macabro de un Colón del que nunca nos habían hablado en la escuela.

CRISTÓBAL COLÓN, EL GENOCIDA SIN ESCRÚPULOS
«Los hombres y las mujeres arawak, desnudos, morenos y presos de la perplejidad, emergieron de sus poblados hacia las playas de la isla y se adentraron en las aguas para ver más de cerca el extraño barco.
Cuando Colón y sus marineros desembarcaron portando espadas y hablando de forma rara, los nativos arawak corrieron a darles la bienvenida, a llevarles alimentos, agua y obsequios.
«Nos trajeron loros y bolas de algodón, – escribió Colón en su diario – langas y muchas otras cosas más que cambiaron por cuentas cascabeles de halcón. No tuvieron ningún inconveniente en darnos todo lo que poseían… Eran de fuerte constitución, con cuerpos bien hechos» hermosos rasgos… Al enseñarles una espada, la cogieron por la hoja y se cortaron al no saber lo que era. Con cincuenta hombres los subyugaríamos a todos, con ellos haríamos lo que quisiéramos».
Estos arawaks de las Islas Antillas se parecían mucho a los indígenas del continente, que eran extraordinarios – así los calificarían repetidamente los observadores europeos- por su hospitalidad, su entrega a la hora de compartir. Estos rasgos no estaban precisamente en auge en la Europa renacentista, dominada por la religión de los Papas, el gobierno de los reyes y la obsesión por el dinero que caracterizaba la civilización occidental y su primer emisario a las Américas, Cristóbal Colón.
ENFEBRECIDO POR EL ORO
La cuestión que más acuciaba a Colón era: ¿dónde está el oro? Había convencido a los reyes de España a que financiaran su expedición a esas tierras. Esperaba que al otro lado del Atlántico -en las «Indias» y en Asia – habría riquezas, oro y especias. Como otros ilustrados contemporáneos suyos, sabía que el mundo era esférico y que podía navegar hacia el oeste para llegar al Extremo Oriente.
España acababa de unificarse formando uno de los nuevos Estado-nación modernos, como Francia, Inglaterra y Portugal. Su población, mayormente compuesta por campesinos, trabajaba para la nobleza, que representaba el 2% de la población, siendo éstos los propietarios del 95% de la tierra.
España se había comprometido con la Iglesia Católica, había expulsado a todos los judíos y ahuyentado a los musulmanes. Como otros estados del mundo moderno, España buscaba oro, material que se estaba convirtiendo en la nueva medida de la riqueza, con más utilidad que la tierra porque todo lo podía comprar.
Había oro en Asia, o así se pensaba, y ciertamente había seda y especias, porque hacía unos siglos, Marco Polo y otros habían traído cosas maravillosas de sus expediciones por tierra. Al haber conquistado los turcos Constantinopla y el Mediterráneo oriental, y al estar las rutas terrestres a Asia en su poder, hacía falta una ruta marítima. España decidió jugar la carta de una larga expedición a través de un océano desconocido. El objetivo era claro: obtener esclavos y oro.
EL NEGOCIO DEL «DESCUBRIMIENTO»
A cambio de la aportación de oro y especias, a Colón le prometieron el 10% de los beneficios, el puesto de gobernador de las tierras descubiertas, además de la fama que conllevaría su nuevo título: Almirante del Mar Océano. Era comerciante de la ciudad italiana de Génova, tejedor eventual -hijo de un tejedor muy habilidoso-, y navegante experto.
Embarcó con tres carabelas, la más grande de las cuales era la Santa María, velero de unos treinta metros de largo, con una tripulación de treinta y nueve personas. Colón nunca hubiera llegado a Asia, que distaba miles de kilómetros más de lo que él había calculado, imaginándose un mundo más pequeño. Al cubrir la cuarta parte de esa distancia dio con una tierra desconocida que no figuraba en mapa alguno y que estaba entre Europa y Asia: las Américas.
Esto ocurrió a principios de octubre de 1492, treinta y tres días después de que él y su tripulación hubieran zarpado de las Islas Canarias, en la costa atlántica de África. De repente vieron ramas flotando en el agua, pájaros volando. Entonces, el día 12 de octubre, un marinero llamado Rodrigo vio la luna de la madrugada brillando en unas arenas blancas y dio la señal de alarma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se suponía que el primer hombre que viera tierra tenía que obtener una pensión vitalicia de 10.000 maravedíes, pero Rodrigo nunca la recibió. Colón dijo que él había visto una luz la noche anterior y fue él quien recibió la recompensa.
Cuando se acercaron a tierra, los indios arawak les dieron la bienvenida nadando hacia los buques para recibirles. Los arawak vivían en pequeños pueblos comunales, y tenían una agricultura basada en el maíz, las batatas y la yuca. Sabían tejer e hilar, pero no tenían ni caballos ni animales de labranza. No tenían hierro, pero llevaban diminutos ornamentos de oro en las orejas. Este hecho iba a traer dramáticas consecuencias: Colón apresó a varios de ellos y les hizo embarcar, insistiendo en que le guiaran hasta el origen del oro. Luego navegó a la que hoy conocemos como isla de Cuba, y luego a la Hispaniola -la isla que hoy se compone de Haití y la República Dominicana-. Allí, los destellos de oro visibles en los ríos y la máscara de oro que un jefe indígena local ofreció a Colón provocaron visiones delirantes de oro sin fin.
LA PRIMERA BASE MILITAR EUROPEA EN AMÉRICA
En Hispaniola, Colón construyó un fuerte con la madera de la Santa María, que había embarrancado. Fue la primera base militar europea en el hemisferio occidental. Lo llamó Navidad, y allí dejó a treinta y nueve miembros de su tripulación con instrucciones de encontrar y almacenar oro. Apresó a más indígenas y los embarcó en las dos naves que le quedaban. En un lugar de la isla se enzarzó en una lucha con unos indígenas que se negaron a suministrarles la cantidad de arcos y flechas que él y sus hombres deseaban. Dos fueron atravesados con las espadas y murieron desangrados. Entonces la Niña y la Pinta embarcaron rumbo a las Azores y a España. Cuando el tiempo enfrió, algunos de los prisioneros indígenas murieron.
El informe de Colón a la Corte de Madrid era extravagante. Insistió en el hecho de que había llegado a Asia –se refería a Cuba– y a una isla de la costa china (Hispaniola).
«Hispaniola es un milagro. Montañas y colinas, llanuras y pasturas, son tan fértiles como hermosas… los puertos naturales son increíblemente buenos y hay muchos ríos anchos, la mayoría de los cuales contienen oro… Hay muchas especias, y nueve grandes minas de otros metales…»
Los indígenas, según el informe de Colón:
«son tan ingenuos, generosos con sus posesiones que nadie que no les hubiera visto se lo creería».
Concluyó su informe con una petición de ayuda a Sus Majestades, y ofreció que, a cambio, en su siguiente viaje, les traería «cuanto oro necesitasen… y cuantos esclavos pidiesen«. Se prodigó en expresiones de tipo religioso:
«Es así que el Dios eterno, Nuestro Señor, da victoria a los que siguen Su camino frente a lo que aparenta ser imposible».
FRACASO DE LA RESISTENCIA
Los arawaks intentaron reunir un ejército de resistencia, pero se enfrentaban a españoles que tenían armadura, mosquetes, espadas y caballos. Cuando los españoles hacían prisioneros, los ahorcaban o los quemaban en la hoguera. Entre los arawaks empezaron los suicidios en masa con veneno de yuca. Mataban a los niños para que no cayeran en manos de los españoles. En dos años la mitad de los 250.000 indígenas de Haití habían muerto por asesinato, mutilación o suicidio.
TESTIMONIO DEL GENOCIDIO
La principal fuente de información sobre lo que pasó en las islas después de la llegada de Colón -y para muchos temas, la única- es Bartolomé de las Casas. De sacerdote joven había participado en la conquista de Cuba. Durante un tiempo fue el propietario de una hacienda donde trabajaban esclavos indígenas, pero la abandonó y se convirtió en un vehemente crítico de la crueldad española. Las Casas transcribió el diario de Colón y, a los cincuenta años, empezó a escribir una Historia de las Indias en varios volúmenes.
Las Casas habla del tratamiento de los indígenas a manos de los españoles:
«Testimonios interminables… dan fe del temperamento benigno y pacífico de los nativos… Pero fue nuestra labor la de exasperar, asolar, matar, mutilar y destrozar; ¿a quién puede extrañar, pues si de vez en cuando intentaban matar a alguno de los nuestros?… El almirante, es verdad, fue tan ciego como los que le vinieron detrás, y tenía tantas ansias de complacer al Rey que cometió crímenes irreparables contra los indígenas…»
EPÍLOGO
El hecho de enfatizar el heroísmo de Colón y sus sucesores como navegantes y descubridores y de quitar énfasis al genocidio que provocaron no es una necesidad técnica sino una elección ideológica. Sirve -se quiera o no- para justificar lo que pasó.
Lo que quiero resaltar aquí no es el hecho de que debamos acusar, juzgar y condenar a Colón in absentia, al contar la historia. Ya pasó el tiempo de hacerlo; sería un inútil ejercicio académico de moralística. Quiero hacer hincapié en que todavía nos acompaña la costumbre de aceptar las atrocidades como el precio deplorable pero necesario que hay que pagar por el progreso.
El tratamiento de los héroes (Colón) y sus víctimas (los arawaks), -la sumisa aceptación de la conquista y el asesinato en el nombre del progreso-. es sólo un aspecto de una postura ante la historia que explica el pasado desde el punto de vista de los gobernadores, los conquistadores, los diplomáticos y los líderes. Es como si ellos -por ejemplo, Colón– merecieran la aceptación universal; como si ellos, – los Padres Fundadores, Jackson, Lincoln, Wilson, Roosevelt, Kennedy, los principales miembros del Congreso, los famosos jueces del Tribunal Supremo-, representaran a toda la nación.
No debemos aceptar la memoria de los estados como cosa propia. Las naciones no son comunidades y nunca lo fueron. La historia de cualquier país, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo.
Prefiero explicar la historia del descubrimiento de América desde el punto de vista de los arawaks; la de la Constitución, desde la posición de los esclavos; la de Andrew Jackson, tal como lo verían los cherokees; la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlandeses de Nueva York; la de la Guerra de México, desde el punto de vista de los desertores del ejército de Scott; la de la eclosión del industrialismo, tal como lo vieron las jóvenes obreras de las fábricas textiles de Lowell; la de la Guerra Hispano-Estadounidense vista por los cubanos; la de la conquista de las Filipinas tal como la verían los soldados negros de Luzón; la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agricultores sureños; la de la 1 Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socialistas, y la de la Segunda vista por los pacifistas; la del New Deal de Roosevelt, tal como la vieron los negros de Harlem; la del Imperio Americano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Latinoamérica. Y así sucesivamente, dentro de los límites que se le imponen a una sola persona, por mucho que él o ella se esfuercen en «ver» la historia desde otros puntos de vista.
Howard Zinn, autor del texto que reproducimos, es un célebre historiador estadounidense, que ha publicado más de 20 libros sobre esa materia. Nacido en Brooklyn, en 1922, falleció en California en el año 2010, a los 87 años.
Desde la década de 1960, Zinn fue un auténtico referente en su país en la lucha por los derechos civiles y el movimiento antibélico . Entre sus libros más conocidos en el exterior, se encuentra «A People’s History of the United States», editada en castellano bajo el título de «La otra historia de los Estados Unidos».
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2019.02.27 00:27 alforo_ El planeta se está calentando de manera catastrófica. Y el miedo puede ser lo único que nos salve.

El planeta se está calentando de manera catastrófica. Y el miedo puede ser lo único que nos salve.
La era del pánico climático está aquí. El verano pasado, una ola de calor asfixió a todo el Hemisferio Norte, matando a docenas de personas desde Quebec a Japón. Algunos de los incendios más destructivos en la historia de California convirtieron millones de hectáreas en cenizas, derritiendo los neumáticos y las suelas de las zapatillas de aquellos que intentaban escapar de las llamas. Los huracanes del Pacífico obligaron a huir a tres millones de personas en China y arrasaron casi por completo la Isla del este de Hawái.
En la actualidad vivimos en un mundo que se ha calentado solamente un grado centígrado desde finales del siglo XIX, cuando se comenzaron a tener registros a escala mundial. Estamos añadiendo dióxido de carbono que calienta la atmosfera a un ritmo más rápido que en cualquier otro momento de la historia humana desde el comienzo de la industrialización.
En octubre, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático publicó lo que se ha venido a conocer como el informe “del Juicio Final” -“un detector de humo agudo y ensordecedor que ha saltado en la cocina”, como lo definió un funcionario de las Naciones Unidas- que detalla los efectos climáticos de un calentamiento de 1,5º y 2º centígrados. En la apertura de una importante conferencia de las Naciones Unidas dos meses después, David Attenborough, la meliflua voz del programa “Planeta Tierra” (Planet Earth) de la BBC y ahora la conciencia medioambiental del mundo de habla inglesa, lo expuso con más desaliento: “Si no actuamos”, dijo, “el colapso de nuestras civilizaciones y la extinción de gran parte del mundo natural está en el horizonte”.
Los científicos llevan tiempo sintiéndose así. Aunque con frecuencia no lo hayan expresado. Durante décadas, pocas cosas había con peor reputación entre los que estudiaban el cambio climático que el “alarmismo”.
Algo que es un poco extraño. Normalmente no se oye a los expertos en salud pública decir que hace falta prudencia al describir los riesgos de los cancerígenos, por ejemplo. El climatólogo James Hansen, que testificó ante el Congreso sobre el calentamiento global en 1988, ha denominado a este fenómeno “reticencia científica” y ha recriminado a sus colegas por ello, por editar sus propias observaciones tan concienzudamente que no han sido capaces de comunicar lo urgente que realmente era la amenaza.
Esa tendencia se extendió incluso a las noticias que se daban sobre las investigaciones, que eran cada vez más deprimentes. Así que durante años, la publicación de cada artículo, escrito o libro importante era recibida por una nube de comentarios que debatían el ajuste preciso de su perspectiva y de su tono, y los científicos consideraban que a muchos de esos artículos les faltaba el equilibrio apropiado entre las malas noticias y el optimismo, y como resultado los etiquetaban de “fatalistas”.
En 2018, su prudencia comenzó a cambiar, quizá porque todos esos fenómenos meteorológicos extremos no permitían otra cosa. Algunos científicos incluso comenzaron a adoptar el alarmismo, particularmente después de ese informe de las Naciones Unidas. Las investigaciones que resumía no eran nuevas y ni siquiera se discutían las temperaturas más allá de los dos grados centígrados, aunque nos dirigimos a un calentamiento de esa escala. Aunque el informe –un trabajo de casi 100 científicos de todo el mundo– no abordaba ninguna de las posibilidades más terribles del calentamiento, ofrecía una especie de permiso para los científicos del mundo. El nuevo mensaje era: Por fin está bien asustarse. Es incluso razonable.
Para mí, esto es un adelanto . El pánico puede resultar contraproducente, pero hemos llegado al punto donde el alarmismo y el pensamiento catastrófico son valiosos por varias razones.
La primera es que el cambio climático es una crisis precisamente porque es una catástrofe inminente que requiere una respuesta global tajante ya. En otras palabras, está bien alarmarse. La senda de emisiones en la que nos encontramos hoy fácilmente puede llevarnos a un calentamiento de 1,5º C para 2040, 2º C en las décadas siguientes y quizá 4º C para 2100.
La subida de temperaturas podría suponer que muchas de las grandes ciudades de Oriente Medio y del sur de Asia sean mortalmente calurosas en verano, quizá para 2050. Podría haber veranos sin hielo en el Ártico y la imparable desintegración de la capa de hielo de la Antártida occidental, algo que algunos científicos creen que ya ha empezado, podría amenazar con inundar las ciudades costeras del mundo. Los arrecifes de coral podrían desaparecer casi por completo. Y podría haber decenas de millones de refugiados climáticos, quizá incluso más, escapando de sequias, inundaciones, calor extremo y de la posibilidad de que desastres naturales múltiples provocados por el clima sobrevengan simultáneamente.
Hay muchas razones para pensar que es posible que no lleguemos a los 4º C, pero mundialmente, las emisiones todavía siguen creciendo y el tiempo que tenemos para evitar lo que ahora se cree será un calentamiento catastrófico –2º C– se va acortando cada día. Según el informe de las Naciones Unidas, para mantenernos sin riesgo por debajo de ese umbral, debemos reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 45% para 2030 con respecto a los niveles de 2010. En vez de eso todavía siguen creciendo. Así que estar alarmado cuando se trata del cambio climático no es una señal de estar histérico, estar alarmado es lo que requieren los hechos. Quizá sea la única respuesta lógica.
Esto ayuda a explicar la segunda razón por la que el alarmismo es útil: Al definir los límites de lo que puede pasar con más precisión, el pensamiento catastrófico permite ver la amenaza del cambio climático con más claridad. Durante años hemos leído en los periódicos cómo se presentaban los 2º C de calentamiento como el nivel más alto tolerable, más allá del cual el desastre estaría asegurado. Un calentamiento mayor casi nunca se discutía fuera de los círculos científicos. Así que era fácil desarrollar un retrato intuitivo del panorama de posibilidades que empezaba con el clima tal y como existe hoy y terminaba con el malestar de los 2º C, el techo del sufrimiento.
De hecho casi seguramente es el suelo. Sin duda los escenarios más probables para finales de este siglo estén entre los 2º C y los 4º C de calentamiento. Por eso, valorar honestamente en lo que se puede convertir el mundo dentro de ese rango –dos grados, tres, cuatro- es una mejor preparación frente a los retos a los que nos enfrentaremos, que retirarse a la tranquilizadora normalidad relativa del presente.
La tercera razón es que mientras la preocupación por el cambio climático está creciendo –afortunadamente- la complacencia sigue siendo un problema político mayor que el fatalismo. En diciembre, una encuesta nacional que buscaba la actitud de los estadounidenses con respecto al cambio climático encontró que el 73 % admitió que el calentamiento global estaba ocurriendo, el porcentaje más elevado desde que se comenzó a hacer esa pregunta en 2008. Pero la mayoría de los estadounidenses no estaban dispuestos a gastar ni siquiera 10 dólares al mes para abordar el cambio climático; la mayoría puso el límite en 1 dólar al mes, según una encuesta realizada el mes anterior.
El otoño pasado los votantes de Washington, un estado verde en unas elecciones azules, incluso rechazaron un modesto plan de impuestos a las emisiones. ¿Esas personas no están dispuestas a pagar ese dinero porque creen que ya no hay remedio o porque creen que no es necesario todavía?
Esta es una pregunta retórica. Si hubiésemos empezado la descarbonización a nivel mundial en 2000, siguiendo el Proyecto Mundial del Carbono (Global Carbon Project), solamente tendríamos que haber recortado las emisiones en un 2 % anual para mantenernos sin riesgo bajo un calentamiento de 2º C. ¿No lo hicimos porque pensamos que ya no había solución o porque todavía no considerábamos que el calentamiento era un problema lo suficientemente urgente como para actuar contra él? Solamente el 44 % ciento de los encuestados el mes pasado citaron el cambio climático como una prioridad política de máxima importancia.
Pero debería serlo. El hecho es que retrasarlo más solo hará que el problema empeore. Si hoy comenzásemos un extenso programa de descarbonización –una tarea titánica de reajustar nuestros sistemas de energía, construcciones, infraestructuras de transporte y de producción de nuestros alimentos– el ritmo de reducción de emisiones debería ser alrededor de un 5 % al año. Si lo retrasamos otra década, requerirá un recorte de emisiones de un 9 % anual. Esta es la razón por la que el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, cree que solamente tenemos hasta 2020 para cambiar el curso y ponernos manos a la obra.
El cuarto argumento para aceptar el pensamiento catastrófico viene de la historia. El miedo puede movilizar, incluso puede cambiar el mundo. Cuando Rachel Carson publicó su trascendental y polémico libro contra los pesticidas “Primavera Silenciosa” (Silent Spring), la revista Life dijo que había “exagerado su argumentación” y The Saturday Evenig Post calificó el libro de “alarmista”. Pero, casi por sí solo, provocó la prohibición nacional del DDT.
A lo largo de la Guerra Fría, los detractores de las armas nucleares no evitaban alertar sobre los horrores asegurados de una destrucción mutua, y en los años 80 y 90, los que hacían campaña contra la conducción bajo los efectos del alcohol no se sintieron obligados a reivindicar su caso hablando solamente de las bendiciones de la sobriedad. En su informe “del Juicio Final”, el panel del clima de las Naciones Unidas ofreció una analogía muy clara para la clase de movilización que necesitamos para evitar un calentamiento catastrófico: La Segunda Guerra Mundial, a la que el presidente Franklin Roosevelt llamó un “desafío para la vida, la libertad y la civilización.” Esa guerra no se libró solo con la esperanza.
Pero quizá el argumento más poderoso a favor de la sensatez del pensamiento catastrófico, es que todos nuestros reflejos mentales van en la dirección contraria, hacia la incredulidad de que exista la posibilidad de que las consecuencias sean nefastas. Lo sé por propia experiencia. He pasado los últimos tres años sumergido en ciencia climática y siguiendo las investigaciones mientras se introducían en territorios cada vez más sombríos.
Probablemente podría contar con los dedos de las dos manos el número de artículos científicos con “buenas noticias” que me he encontrado en este tiempo. Los artículos con “malas noticias” serán probablemente miles, cada día parecía traer una nueva y alarmante revisión de nuestro entendimiento sobre el trauma medioambiental que ya está en progreso.
Sé que la ciencia es verdad, sé que la amenaza es universal y conozco sus efectos, si las emisiones continúan sin cesar será terrorífico. Y sin embargo, cuando imagino mi vida dentro de tres décadas o la vida de mi hija dentro de cinco décadas, tengo que admitir que no imagino un mundo en llamas sino uno parecido al actual. Así de difícil es sacudirse la autocomplacencia. Estamos viviendo un engaño, incapaces de procesar realmente las noticias que llegan de la ciencia y que nos dicen que el cambio climático es una amenaza universal. De hecho es una amenaza del tamaño de la vida misma.
¿Cómo podemos estar tan engañados? La economía conductual nos da una respuesta. La lista de prejuicios cognitivos identificados por psicólogos y simpatizantes durante el pasado medio siglo puede parecer, como las publicaciones en las redes sociales, no tener fin, y distorsionan y distienden nuestra percepción de un clima cambiante. Estos prejuicios optimistas, tendencias profilácticas y reflejos emocionales conforman una biblioteca completa de engaños climáticos.
Construimos nuestra visión del universo desde nuestra propia experiencia, una tendencia reflexiva que seguramente modela nuestra habilidad para comprender realmente las amenazas existenciales a nuestra especie. Tendemos a esperar a que otros actúen en lugar de actuar nosotros, preferimos la situación presente; tenemos poca disposición a cambiar las cosas y un exceso de confianza en que podríamos cambiarlas fácilmente, si fuera necesario, sin importar su magnitud. No somos capaces de ver nada si no es a través de un autoengaño ciego.
La suma total de todas estos prejuicios es lo que hace del cambio climático lo que el teórico ecologista Timothy Morton llama un “hiperobjeto” –un hecho conceptual tan grande y complejo que no puede comprenderse con exactitud- En su libro “El Peor de los Casos” (Worst-Case Scenarios), el jurista Cass Sunstein escribió que, por lo general, tenemos dificultades para tomar en consideración riesgos potenciales poco probables, a los que evitamos desde la autocomplacencia o desde la paranoia. Su solución es un poco retorcida: Todos deberíamos ser más rigurosos en nuestros análisis de costo-beneficio.
Que el cambio climático demande experiencia, y fe en ella, en el preciso momento en el que la confianza pública en la experiencia está desplomándose, es una de sus muchas paradojas. Que el cambio climático toque tantos de nuestros prejuicios cognitivos es una señal de su magnitud y de cómo afecta a tantos aspectos de la vida humana, a casi todos.
Y desafortunadamente, mientras el cambio climático ha estado acaparando más atención en las últimas décadas, todos los prejuicios cognitivos que nos empujan hacia la autocomplacencia se han incentivado con nuestro relato sobre el calentamiento por un periodismo definido por la cautela al describir la escala y la velocidad de la amenaza.
Así que, ¿qué podemos hacer nosotros? Y, a propósito, ¿quiénes somos “nosotros”? La magnitud de la amenaza del cambio climático implica que es necesario organizarse a todos los niveles, comunidades, estados, naciones y acuerdos internacionales que coordinen la acción conjunta. Pero la mayoría de nosotros no vivimos en las salas de las Naciones Unidas o en las salas del Consejo donde se negoció el Acuerdo del Clima de París.
En vez de eso vivimos en una cultura consumista que nos dice que podemos dejar nuestra seña política en el mundo con base en dónde compramos, lo que vistamos, cómo comemos. Así es que vemos cosas como las últimas recomendaciones dietéticas de The Lancet para aquellos que quieren comer para mitigar el cambio climático –menos carne para algunos, más verduras– o sugerencias como las publicadas en el The Washington Post, a tiempo para las resoluciones de Año Nuevo. Por ejemplo: “Sé inteligente con tu aire acondicionado”.
Pero el consumo consciente es escurrir el bulto, una distracción neoliberal para desviarnos de la acción colectiva, que es lo que necesitamos. La gente debería intentar vivir de acuerdo con sus propios valores, sobre el clima y sobre todo lo demás, pero el efecto de las elecciones de estilo de vida individuales son, en última instancia, triviales comparadas con lo que los políticos pueden conseguir.
Comprar un coche eléctrico es una menudencia comparada con elevar duramente los estándares de eficiencia del combustible. Elegir conscientemente volar menos es mucho más fácil si hay más trenes eficientes y accesibles. Y si como menos hamburguesas al año, ¿qué importa? Pero que a los granjeros se les requiera que alimenten a su ganado con algas, lo que podría reducir las emisiones de metano en casi un 60 % según un estudio, sí sería enormemente positivo.
Esto es lo que se quiere decir cuando se llama a la política “multiplicador moral”. Es también un descanso de la carga personal y emocional del cambio climático y de lo que puede sentirse como una hipocresía al vivir en el mundo tal y como esta y al mismo tiempo preocuparse por su futuro. No pedimos a la gente que paga impuestos para sostener la red de seguridad social que demuestren ese compromiso a través de actos filantrópicos y de la misma manera no deberíamos pedir a nadie –y ciertamente no a todo el mundo– que gestione su propia huella de carbono antes de que incluso intentemos promulgar leyes y políticas que reducirían todas nuestras emisiones.
Esa es la función de la política: que podemos ser y hacerlo mejor juntos de lo que podríamos hacerlo como individuos.
Y la política, de repente, está que arde con el cambio climático. El pasado otoño se formó en Gran Bretaña un grupo activista con el inquietante nombre de Extintion Rebellion e inmediatamente creció tanto que fue capaz de paralizar distintas zonas de Londres durante su primera protesta. Su demanda principal es: “Decid la verdad”. Ese imperativo se repite en los Estados Unidos en la organización de Genevieve Guenther, End Climate Silence y en el proyecto de bases de Margaret Klein, Salamon´s Climate Mobilization, que, de manera inspiradora, ha adoptado las llamadas del panel del cambio climático a canalizar los recursos del planeta hacia la acción contra el calentamiento.
Por supuesto el activismo medioambiental no es nuevo, y estos son solamente los grupos que han surgido durante los últimos años, empujados a la acción por el pánico climático. Pero la alarma también está llegando a los niveles más altos. En el Congreso, la Representante Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York ha reunido el apoyo de los Demócratas para el New Deal Verde –una llamada a reorganizar la economía estadounidense en torno a una energía limpia y a una prosperidad renovable. El gobernador del Estado de Washington, Jay Inslee, se ha declarado, en cierto sentido, como un candidato presidencial de una sola causa.
Y aunque ni a Hillary Clinton ni a Donald Trump se les hizo ni una sola pregunta directa sobre el cambio climático durante los debates presidenciales de 2016, el tema seguramente dominará las primarias demócratas de 2020, junto al “Medicare para todos” y la gratuidad de los estudios superiores. Michael Bloomberg, dispuesto a gastar al menos 500 millones de dólares en la campaña, ha dicho que él insistirá en que cualquier candidato que presente el partido tenga un plan concreto para el clima.
A esto es a lo que se parece el principio de una solución, aunque solo sea un principio incipiente y solo una solución parcial. Probablemente ya hayamos desaprovechado la oportunidad de evitar un calentamiento de 2º C, pero podemos evitar los 3º C y ciertamente todo el terrible sufrimiento que hay más allá de ese umbral.
Pero cuanto más esperemos peor será. Lo que es un último argumento a favor de un pensamiento catastrófico: ¿Qué hay mejor que el miedo para crear una sensación de urgencia? https://www.nytimes.com/2019/02/16/opinion/sunday/fear-panic-climate-change-warming.html
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2016.08.24 09:12 curromucho Sociólogo alemán explica cómo la concentración de la riqueza minó la democracia y el Estado de Bienestar

http://ciperchile.cl/2016/08/23/sociologo-aleman-explica-como-la-concentracion-de-la-riqueza-mino-la-democracia-y-el-estado-de-bienesta
Europa sintetiza hoy muchas de las esperanzas, tragedias y contradicciones del mundo moderno. Basta mirar sus fronteras donde millones de familias sirias, afganas, iraquíes y libias esperan en campos de refugiados o mueren en el Mediterráneo intentando entrar a la que consideran la tierra de la seguridad. Los europeos han cerrado la frontera. Se sienten inseguros de su propio futuro y eso reduce la empatía y enfría el corazón. Hace casi dos meses los británicos decidieron abandonar la Unión Europea (el famoso Brexit) con el voto de 17 millones entre los que había desde nacionalistas xenófobos a simples trabajadores (usuales adherentes de la izquierda) hastiados del triunfo del mundo financiero y la decadencia industrial. Muchos creen que si se repitiera esa votación en cualquier país de Europa, los resultados no serían distintos pues en gran parte de ese continente las clases medias y populares se sienten acorraladas entre una elite cada vez más rica y las masas de inmigrantes cuyos países han sido destruidos.
La riqueza tienen un gran peso en esta tragedia, subraya el sociólogo alemán Wolfgang Streeck, director hasta el año pasado del prestigioso Instituto Max Planck para los Estudios de la Sociedad: “Los oligarcas de esos países que han sido devastados viven hace tiempo en Londres o en Nueva York. Y obviamente tienen buenas amistades con aquellos que invaden sus países y destruyen sus estados y sociedades”, dijo Streeck en un cuestionario que respondió para CIPER.
Son las clases medias y los pobres los que se ahogan en el Mediterráneo, o resisten con sus hijos atrapados en ciudades como Aleppo.
Debajo de conflictos que desde Chile tendemos a ver sólo como problemas de nacionalidades o religión, rezuma el viejo tema que, según Streeck, sigue siendo central para entender el mundo moderno: la acumulación de la riqueza.
La miseria que hay en zonas de América Latina, África o el Medio Oriente no puede ser curada a través de la emigración hacia Europa 
¿Qué puede hacer Europa con esos millones de desplazados que no son muy distintos a usted que lee o a mí que escribo? Sólo el año pasado Alemania recibió un millón de inmigrantes cuando Ángela Merkel decidió abrir la ruta a través de los Balcanes. Pero este año Merkel promovió un acuerdo europeo para que los cuatro millones que siguen esperando entrar sean llevados a campos de refugiados en Turquía, lo que fue denunciado por Médicos sin Fronteras como una política inhumana.
Otros países europeos han hecho cosas más controvertidas. El gobierno danés aprobó una ley para incautar a los refugiados bienes por más de US$1.500 y según informa CNN publicó anuncios en diarios de El Líbano, donde hay un millón de refugiados sirios, advirtiendo que no eran bienvenidos.
El caso danés es interesante, pues el ex candidato estadounidense, el demócrata Bernie Sanders, lo enarboló en su campaña como el modelo de organización social que debía seguir Estados Unidos. Sanders se hizo eco de las investigaciones del economista Miles Corak, quien en 2013 se preguntó si EE.UU., pese a que llevó la concentración de la riqueza a niveles inéditos en la historia de la humanidad (ver entrevista a Jeffrey Winters), seguía siendo la tierra de las oportunidades, el lugar en donde independiente de su origen social una persona podía prosperar trabajando duro. Corak mostró que el hijo del pobre estadounidense tiende a seguir siendo pobre y que el hijo del rico se mantiene en la riqueza (lo que no es muy distinto a Chile según los economistas Javier Núñez y Cristina Risco: con una probabilidad del 56% el hijo del rico seguirá perteneciendo al 10 % más rico de la población mientras que en Europa esa persistencia intergeneracional de la riqueza se reduce al 2%). Donald Trump
Donald Trump
Coincidiendo con las investigaciones de la OECD, Corak concluyó que para vivir el “sueño americano” de surgir a punta de esfuerzo había que irse a Dinamarca. Allí, donde los impuestos están entre los más altos del mundo, la equidad en la partida del hijo de un ingeniero y el de un taxista permite que el esfuerzo individual haga una diferencia.
Pero las familias que esperan con angustia en las fronteras de Europa una oportunidad para trabajar duro, enfrentan algo que el estudio de Corak no dice: el sueño danés es sólo para los daneses. O para los europeos y los ricos del mundo.
Hay una contradicción evidente en esto. El Estado de Bienestar está basado en el concepto de justicia social, que les reconoce a las personas derecho a cierto estándar de vida sólo por su condición de seres humanos. La fuerza moral de esta idea se cae a pedazos cuando es incapaz de proteger a niños, pues gran parte de esta discusión de la desigualdad se trata de eso: del destino de los niños ricos y pobres; del niño sirio Alan Kurdi muerto en una playa turca; del niño Omar Daqneesh rescatado de un bombardeo en Aleppo, cuyo rosto cubierto de sangre y polvo nos pregunta qué estamos haciendo; o de los cerca de 10 mil niños que han llegado a Europa solos, de los que no se sabe nada y que según la policía pueden haber caído en redes de abuso sexual.
Los estados de bienestar de Europa, cuyo discurso es proteger a las personas, ¿no pueden dar a la crisis de los refugiados una respuesta distinta a la de Donald Trump, quien prometió levantar un muro para defender a EE.UU. de la inmigración latinoamericana? ¿Cuál es la posición de la izquierda europea?, no la de Tony Blair, ex primer ministro del Reino Unido, quien se plegó irresponsablemente a la guerra contra Irak convocada por George Bush (como lo ha mostrado el informe Chilcot), sino de la izquierda que defiende la justicia social.
La pregunta hoy, incluso en países tradicionales de capitalismo democrático, es cuánto tiempo será posible aislar la economía de la intervención democrática sin tener que recurrir a métodos del estilo Pinochet 
Streeck, uno de los más respetados intelectuales de esa izquierda europea, no está por abrir las fronteras. Al menos mientras esa no sea una decisión democrática de los europeos. Y hoy claramente no lo es. Así lo explicó a CIPER:
-En el corto plazo la respuesta europea a la crisis debe ser ayudar a los sirios y a otras personas que están sufriendo, proveyendo infraestructura a los campos de refugiados en Turquía y Jordania y donde sea, incluyendo escuelas, hospitales y re-asentando a los más vulnerables en Europa occidental, por ejemplo, a las familias con niños pequeños o personas que tienen enfermedades. Pero la inmigración regular hacia los mercados de trabajo europeos debe ser examinada por separado, y debe ser regulada de manera que las condiciones de trabajo dignas y salarios dignos se puedan garantizar para todos, viejos y nuevos residentes, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos donde eso está garantizado para los primeros. Luego de eso necesitamos prepararnos para ayudar a los sirios, iraquíes y afganos y otros a reconstruir sus países una vez que la guerra termine y las fuerzas de ocupación se hayan ido.
Para subrayar la diferencia entre esta postura y la de Donald Trump, Streeck precisa que el rechazo a los inmigrantes que vocea el candidato estadounidense es, en realidad, engañoso. “Tengo la impresión de que la economía americana no podría existir sin inmigración de trabajadores de baja calificación provenientes de América Latina”, dijo a CIPER. Y agregó que si líderes como Trump demonizan a esos inmigrantes no es porque no los quieran, sino “porque eso les permite a las empresas contar con trabajadores incapaces de reclamar derechos sociales, usar los servicios sociales u organizarse en sindicatos”. Por ello, Streeck cree que si Trump gana las elecciones no hará nada en contra de la inmigración.
La situación en Europa –afirma Streeck- es distinta:
-Muchos países tienen salarios mínimos y extendidos estados de bienestar y no pueden, por muchos motivos, aceptar una doble situación del mercado de los trabajadores en la que los derechos sociales de los inmigrantes no sean reconocidos. Angela Merkel
Angela Merkel
Dado lo anterior, si Europa no limita el número de inmigrantes, pone una presión enorme sobre su Estado de Bienestar (que, como se verá luego, está ya malherido) y sobre las remuneraciones de sus clases medias y pobres. Son estos grupos los que se han comenzado a oponer a la inmigración. Su reacción, dice Streeck, “ha sido demonizada” por empleadores y dirigentes políticos, “como un nuevo despertar del nacionalismo”. Pero Streeck no ve en esa reacción nacionalismo, como tampoco ve humanitarismo en muchos empleadores y políticos que argumentan a favor de abrir las fronteras.
Para el sociólogo alemán muchos empresarios simplemente quieren que más inmigración “ayude a que los salarios bajen y así prevenir lo que llaman ‘cuellos de botella’ que es cuando la falta de mano de obra empuja las remuneraciones hacia arriba”.
Y sobre la decisión de Merkel de 2015 de abrir las fronteras, Streeck dice: “Dudo que sea beneficioso para Siria, África Occidental o Pakistán si nosotros descremamos sus economías y absorbemos a todos sus trabajadores capacitados, a sus científicos y emprendedores. Mi corazonada es que detrás de la política de refugiados alemana hay un vampirístico deseo de absorber los trabajadores calificados de los países que sufren todavía guerra y pobreza. Esto no puede ser en el interés de esos países”.
-Durante siglos Europa ha explotado los recursos de Asia, África y Latinoamérica. ¿No cabe esperar que Europa se haga cargo más activamente en los problemas de pobreza y de refugiados?
La miseria que hay en zonas de América Latina, África o el Medio Oriente no puede ser curada a través de la emigración hacia Europa. No soy filósofo así que no puedo decir si hay una obligación moral que constriña a los países occidentales a simplemente abrir sus fronteras. Como cientista y economista político puedo decir que, aunque uno puede razonablemente argumentar a favor de esa obligación, las mayorías políticas en Europa no la van a aceptar y se rebelarán, como ya lo están haciendo. Entonces, hay que encontrar otras maneras. Hay que destacar, por ejemplo, que los Estados Unidos, cuyas tropas están presentes en casi todos los lugares donde hay problemas, no han aceptado todavía a un solo refugiado de Siria. Ni siquiera dejan entrar a los intérpretes afganos que usaron para interrogar a los talibanes sospechosos, a pesar de que ellos son obviamente los primeros en ser asesinados cuando las tropas se vayan. Esos ciudadanos afganos ahora se presentan en las fronteras alemanas como refugiados. ¿Están obligados los europeos a dejarlos entrar? Tenga en cuenta también que Alemania y otros países europeos han fracasado hasta ahora en hacerles ver a sus aliados estadounidenses que sus intervenciones militares sin sentido son la mayor fuente de personas que abandonan sus países de origen en el Oriente Medio. Cuando haya paz ahí, habrá una inversión significativa, el comercio mejorará y esos países podrán empezar a desarrollarse de nuevo. MATANDO AL ESTADO DE BIENESTAR
Pese a sus contradicciones, Europa sigue siendo la inspiración de muchas de las reformas que algunos quisieran aplicar en Chile. Desde la educación finlandesa (pública, gratuita, sin selección de alumnos, ni competencia entre colegios y de alta calidad), hasta el sistema de salud inglés que garantiza atención sin costo a todos sus ciudadanos, o las ya citadas pensiones danesas. Muchas políticas europeas desafían las convicciones económicas que han gobernado Chile desde la dictadura. Las marchas estudiantiles de 2011 por la educación universitaria gratuita y las actuales manifestaciones en contra del sistema de AFP se alimentan de esa fuente.
Votar es muy importante. Pero debe tener consecuencias. Si un Estado no tiene otra opción que seguir las instrucciones de sus acreedores, no hace diferencia quién es elegido ni cómo 
Wolfgang Streeck cree que esas políticas son cada vez más difíciles de sostener y piensa que los chilenos debemos asumir que ya no podremos construir un Estado de Bienestar como el que disfrutaron los europeos en los último 50 años.
-Dado que el Estado de Bienestar está retrocediendo en el centro, ¿cómo podría emerger de nuevo en la periferia? -dijo Streeck a CIPER.
En un reciente artículo Streeck argumenta que parte de ese retroceso tiene que ver con cómo se construyó la Unión Europea (UE): “En vez de proteger a los ciudadanos del huracán que han provocado los mercados (especialmente en la crisis financiera de 2008), se transformó en un poderoso motor de liberalización al servicio de una profunda reestructuración de la vida social”. Y puntualiza que fueron los británicos los que durante el gobierno de la conservadora Margaret Thatcher “bloquearon el desarrollo de la UE como un estado supranacional de protección” y que en estos años padecieron lo que habían alimentado: su país se transformó en dos naciones, “una de ganadores que usan el mundo de la globalización como una extensión de su jardín, y la de los perdedores, expulsados del acceso a los bienes comunes”.
Lo mismo –dice Streeck- ha ocurrido en muchas partes de Europa, y en vez de estar los latinoamericanos avanzando hacia ese modelo, es Europa la que retrocede; son sus instituciones públicas las que se debilitan y se vuelven impotentes para regular los mercados y proteger a sus ciudadanos (“Hay sociedades capitalistas altamente desarrolladas que presentan similitudes preocupantes con los llamados países del Tercer Mundo”, dijo en una entrevista reciente). Bernie Sanders
Bernie Sanders
Europa, en la práctica, parece encaminarse hacia una democracia a la estadounidense, modelo que Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos sintetizó cuando en 2007 le preguntaron qué candidato presidencial apoyaba: “Tenemos la fortuna, gracias a la globalización, de que las decisiones políticas han sido largamente reemplazadas por las fuerzas del mercado global. Dejando el tema de la seguridad de lado, es difícil que algún candidato haga una diferencia. El mundo es gobernado por las fuerzas de mercado”.
Streeck afirma que los que se oponen a esa limitación de la soberanía nacional y buscan reponer el poder que alguna vez tuvo la democracia sobre los mercados –por ejemplo, el ex candidato presidencial Bernie Sanders, el movimiento “Podemos” en España, el laborismo de Jeremy Corbyn en Inglaterra, o Syriza en Grecia- “son combatidos con dientes y uñas. Los bancos centrales y las organizaciones internacionales como la Unión Europea están todavía pensando cómo suprimir o esterilizar estos movimientos”, dijo Streeck a CIPER.
En su último libro Comprando Tiempo: la crisis retrasada del capitalismo democrático (Verso, 2014), Streeck analiza cómo las democracias capitalistas europeas llegaron al punto en el que “la democracia representativa ya no representa nada” según afirma el sociólogo francés Christian Laval .
En esencia, Streeck sostiene que desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora las democracias europeas han enfrentado cuatro crisis importantes. De las tres primeras supieron salir manteniendo “la apariencia de que el capitalismo podía seguir proveyendo crecimiento material para todos”. De la última crisis (2008), Streeck no ve solución clara. De hecho, cree que la crisis sólo la ha pospuesto, y que las naciones desarrolladas están comprando tiempo. NO MAS SINDICATOS
La historia económica que reconstruye Streeck en su libro se enfoca en la tensión que existe entre trabajadores y capitalistas por la distribución de la riqueza. Y muestra como, década tras década, los que viven de su trabajo van perdiendo poder frente al 1% más rico. Más allá de lo discutible que pueden ser las interpretaciones que hace Streeck, su reconstrucción tiene la virtud de que vincula importantes fenómenos sociales (como reducciones tributarias, decadencia de los sindicatos y endeudamiento de las personas) que usualmente tienden a considerarse por separado.
Sostiene que tras la Segunda Guerra Mundial emergieron en Europa democracias que lograron establecer paz entre trabajadores y capitalistas a través de equilibrar los mercados con políticas de protección. Estos estados intervenían en la economía para generar crecimiento y corregir las consecuencias sociales de éste. Se financiaban principalmente con impuestos sobre los más ricos, lo que también tuvo el efecto de hacer que la desigualdad de ingresos no fuera tan alta.
Siguiendo la terminología del economista Joseph Schumpeter, Streeck denomina a este tipo de democracias Estado Recaudador (Tax State).
A fines de los ’60 el crecimiento económico de estos estados empezó a tambalear y la presión de trabajadores y sectores medios por más prosperidad -dice Streeck- amenazó a estas democracias con la primera gran crisis de legitimidad. Esa crisis logró ser aplazada de un modo inesperado: con inflación. “El truco fue posponer el emergente conflicto entre los recursos que recibía el capital y el trabajo introduciendo recursos adicionales, aunque estos existieran solo en el papel moneda y no en la realidad”, escribe Streeck en su libro.
La solución de hacer aparecer que la torta era más grande, a través de imprimir más billetes, duró poco tiempo pues las tasas de inflación se dispararon en todo el mundo: mientras el Reino Unido superaba el 20% anual a mediados de los ‘70, Estados Unidos se acercaba casi al 15% al comenzar la década de los 80. Dice Streeck que la reacción de los capitalistas fue entonces volcarse hacia el neoliberalismo; romper con el Estado de Bienestar que había permitido su crecimiento y la paz social hasta entonces y empujar organizadamente hacia la liberalización del capitalismo y la expansión de sus mercados en el ámbito local e internacional. Es entonces que el equilibrio entre las fuerzas del trabajo y el capital comenzó a inclinarse a favor de los segundos.
En el plano político este proyecto se hizo posible con el ascenso al poder de Ronald Reagan en Estados Unidos (1981-1989) y de Margaret Thatcher en el Reino Unido (1979-1990), ambos llevaron adelante un programa neoliberal caracterizado por la rebaja tributaria y la reducción de la intervención pública en la economía. Esa política fue exitosa en controlar la inflación, pero generó tasas crecientes de desempleo (en EE.UU. llegó al 20 % a comienzos de los ‘80) y volvió a encender la tensión entre trabajadores y capitalistas.
Streeck escribe que Reagan y Thatcher usaron entonces el poder del Estado para “disciplinar a las organizaciones de trabajadores”, las cuales hasta ese momento (siguiendo las ideas del economista John Maynard Keynes) se consideraban claves para redistribuir la riqueza, producir demanda agregada y crecimiento económico. Streeck menciona dos momentos cruciales. El primero es la huelga de los controladores aéreos estadounidenses de 1981. A las 48 horas de iniciada la huelga, Reagan despidió a todos los controladores y los reemplazó permanentemente. Joseph Mccartin, profesor de historia de la universidad de Georgetown, resalta que hasta esa huelga los sindicatos estadounidenses eran una fuerza política importante y que su rápida derrota mandó un potente mensaje a todo el país sobre la inseguridad de los trabajos y sobre el nulo rol que le asignaba a los sindicatos el emergente modelo neoliberal.
Creo que no hay correcciones de mercado posibles sin sindicatos, entendidos como organizaciones autónomas, capaces de negociar igual a igual con los empleadores en defensa de los intereses de sus miembros 
El segundo episodio es la huelga de los mineros del carbón en el Reino Unido. Se inició en 1984 cuando Thatcher anunció el despido de 20 mil trabajadores de las minas que manejaba el Estado y 120 mil mineros británicos paralizaron sus actividades. Lo que a Reagan le tomó menos de una semana a Thatcher le tomó un año. Finalmente no solo terminó despidiendo a más de 90 mil trabajadores y privatizando las minas que eran rentables, sino que fijó en el debate público una imagen de los sindicatos que sigue resonando hoy: los llamó el “enemigo interno”. En un discurso ante los miembros de su partido, Thatcher dijo: “Tuvimos que enfrentar a un enemigo externo en las Falklands”, pero en el caso del carbón “la lucha fue contra un enemigo interno mucho más difícil de vencer y más amenazante contra la libertad” (Ver “El enemigo interno” de Seulmas Milne).
Desde entonces la fuerza sindical comenzó a decaer en todo el mundo. Incluso fueron dejados de lado por la academia, como remarca Streeck en una entrevista de 2011. En la primera edición del manual de Economía Política de Smelser y Swedberg, dice Streeck: “No había una sola mención a los sindicatos en todo el libro… y es imposible entender el debilitamiento social de la economía de la post guerra sin tener en cuenta qué posibilidad hay de negociar colectivamente o de que las organizaciones sociales intervengan en los mercados de acuerdo a sus objetivos políticos”. (Para las siguientes ediciones de ese manual le pidieron a Streeck que escribiera de los sindicatos).
La desaparición de ese concepto tiene ejemplos recientes en Chile: hace menos de un mes el Tribunal Constitucional borró la palabra sindicato de la reforma laboral que, en los discursos, pretendía mejorar las condiciones de negociación de los trabajadores.
Para Streeck la eliminación de los sindicatos ha sido muy dañina para la democracia:
-Creo que no es posible hacer correcciones a los mercados sin sindicatos, entendidos como organizaciones autónomas, capaces de negociar de igual a igual con los empleadores en defensa de los intereses de sus miembros. La declinación de los sindicatos en las últimas dos o tres décadas ha implicado la declinación de la democracia-dijo a CIPER.
Streeck resaltó, además, otra correlación: “Hay que destacar que la declinación de los sindicatos ha ocurrido también de la mano de la declinación del crecimiento económico, lo opuesto de lo que los neoliberales habrían esperado”.
Las cifras del Banco Mundial le dan plausibilidad a su observación. Mientras en la década del 60 y 70 –cuando los sindicatos eran fuertes- la economía del mundo creció a un ritmo de 3%, desde 1980 hasta 2010 (periodo en que el neoliberalismo venció a los sindicatos) la economía creció 1,4% al año. ENDEUDAR AL ESTADO
Mientras el poder de las organizaciones laborales menguaba, otro fenómeno desbalanceó aún más el escenario a favor de los dueños del capital. El cientista político Jeffrey Winters lo analiza en detalle en su libro Oligarquía: es la aparición -a mediados de los ‘50- de una industria de la defensa de la riqueza, integrada por profesionales de clase media altamente preparados que diseñan estrategias jurídicas para que los más ricos logren pagar menos impuestos y argumentos políticos para que las medidas que los benefician parezcan beneficiosas para todos. Esa industria -dijo Winters a CIPER- empujó y justificó la expansión de los paraísos tributarios que han permitido que las elites de todo el mundo reduzcan al máximo su contribución a las sociedades en las que hacen sus negocios y prosperan. Jeffrey Winters (Fuente: www.jfcc.info)
Jeffrey Winters (Fuente: www.jfcc.info)
Para Streeck, la drástica reducción en la recaudación tributaria tuvo un efecto central en el “Estado Recaudador”. Debió comenzar a endeudarse con el sistema financiero internacional para seguir financiando su operación y la protección social (la cual se hizo más necesaria debido el aumento del desempleo). Las democracias capitalistas europeas pasaron así de ser Recaudadoras a Deudoras. Y a partir de ese momento, dice Streeck, dejaron de estar enfocadas en los intereses de sus ciudadanos para buscar satisfacer las necesidades de los inversionistas que les prestan y que hacen las inversiones que los estados ya no tienen dinero para hacer.
Esos inversionistas son esencialmente buscadores de utilidad, pero tienen un ojo puesto en el riesgo. Y el riesgo, cuando se financia la deuda de un país o se invierte en él, es la posibilidad de que por la vía de la democracia los gobiernos cambien las reglas y la tasa de utilidad se reduzca. Los estados se vuelven así -dice Streeck- custodios de reglas y condiciones que sean amistosas con los inversionistas. Los reclamos de las personas se vuelven populistas, poco serios, peligrosos.
Streeck menciona en su libro a Calpers y PIMCO, dos grandes fondos especializados en el mercado de los bonos públicos (es través de la emisión de bonos que los gobiernos recolectan un porcentaje del dinero que necesitan para financiarse). Los ministros de Hacienda se juntan con los gerentes de estos fondos para recibir “asesoraría sobre una correcta política fiscal” donde “lo correcto” es aquello que permite a estos fondos hacer inversiones de largo plazo. Para evitar que las democracias, a través de las burocracias estatales, tomen medidas que amenacen las rentas de esos fondos, Streeck dice que las políticas neoliberales crearon instituciones independientes (como los bancos centrales) inmunes a los resultados electorales, “transfiriendo las decisiones económicas a comités de expertos” y dando garantía a los dueños del capital de que la democracia “no intervendrá en la economía”. ENDEUDAR A LAS FAMILIAS
La solución del endeudamiento público volvió a posponer la crisis del sistema. Pero a mediados de los ‘90 las deudas públicas llegaron a tal nivel (especialmente en EE.UU.) que los inversores comenzaron a preocuparse de la real capacidad de los países de devolver los préstamos. La solución fue comenzar a desmantelar el Estado de Bienestar, lo que fue llevado adelante en Estados Unidos por el demócrata Bill Clinton y en el Reino Unido por el nuevo laborismo de Tony Blair. Así, dice Streeck, mientras la derecha recortó los impuestos, lo que recortaron los demócratas y la izquierda inglesa fueron los programas sociales.
Esos recortes en el Estado de Bienestar generaron un vacío de protección pública potencialmente explosivo. Dice Streeck que este vacío se resolvió otra vez recurriendo a la ilusión de riqueza: se facilitó el acceso al crédito a las familias.
Desde Ronald Reagan en adelante se había promovido en Estados Unidos y luego en Europa una creciente desregulación financiera, y eso hizo posible que en los ‘90 se masificara el endeudamiento de las personas. En el corto plazo, opina Streeck, esto permitió a las familias seguir obteniendo salud, educación y otros bienes públicos que estaban siendo recortados.
Es interesante destacar que el modelo de suplir con deuda lo que el Estado no provee es la esencia en Chile de políticas como el Crédito con Aval del Estado (CAE), mecanismo con el cual el Presidente Ricardo Lagos buscó que los más pobres pudieran estudiar en la universidad facilitándoles mecanismos para endeudarse con el sistema financiero. En parte por la mala calidad de la educación que se ofrecía, por las altas tasas de interés que cobraban los bancos y porque los trabajos para los estudiantes que se formaban no existían (ver entrevista a Ben Ross Schneider), esa estrategia terminó generando al primer gran cuestionamiento al modelo de desarrollo chileno desde el fin de la dictadura.
A nivel internacional el modelo del endeudamiento de las familias estalló en la crisis financiera de 2008, provocada porque los bancos hicieron grandes negocios ofreciendo créditos hipotecarios a personas que no podían pagar y luego se vendieron unos a otros esos grupos de deudores. Los estados debieron salir al rescate de sus sistemas financieros.
A partir de esta reconstrucción de la historia económica desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Streeck argumenta que tanto la inflación, como el endeudamiento público y el privado fueron métodos a los que se recurrió para generar la ilusión de que el sistema generaba crecimiento y prosperidad para todos, cuando en realidad los dueños del capital recibían una cantidad cada vez mayor de la riqueza que se producía.
Sobre esa base Streeck argumenta que no es el Estado de Bienestar el que ha quebrado a los países. La actual crisis de las finanzas públicas, afirma, “no es el resultado de un exceso de democracia redistributiva sino de una baja general en los niveles de tributación” y también “del endeudamiento en que incurrieron los estados para salvar al sistema financiero”. Fue el mercado operando sin regulaciones ni contrapesos políticos lo que trajo a Europa hasta este punto.
No solo el Estado de Bienestar ha sido horadado. Streeck cree que el capitalismo se ha puesto en una posición en que puede autodestruirse, pues ya no puede proveer crecimiento para todos y, a la vez, permitir la alta acumulación de los dueños del capital. En un artículo de 2014 (“¿Cómo terminará el capitalismo?”) afirma que “el avance capitalista ha destruido ya prácticamente todas las agencias que pudieran estabilizarlo a base de limitarlo”. Para Streeck este sistema es como un reactor nuclear que necesita refrigeración. Necesita fuerzas compensatorias que contengan la acumulación sin freno a través de controles y equilibrios sociales. Esas fuerzas ya no existen y “el capitalismo puede auto-debilitarse por un exceso de éxito”, dice.
En este escenario de completo dominio de los mercados, Streeck estima que se han incubado tres grandes problemas de largo plazo para los cuales no hay aún una solución clara: la reducción de las tasas de crecimiento que han venido cayendo desde los ‘80; el incremento de la concentración de la riqueza y un aumento de la deuda pública (en “¿Cómo terminará el capitalismo?” presenta gráficos que ilustran estas variaciones).
En su opinión, en el pasado las democracias sortearon las crisis de legitimidad y mantuvieron la paz entre trabajadores y capitalistas creando la ilusión de crecimiento a través de la inflación, del endeudamiento público y de los hogares. Hoy enfrentan un callejón que parece sin salida: no hay a quién mas endeudar. ¿Cómo generar crecimiento ilusorio o real que siga posponiendo el conflicto social?
Estados Unidos ni siquiera ha dado refugio a los intérpretes afganos que usaron para interrogar a los talibanes sospechosos, a pesar de que ellos son obviamente los primeros en ser asesinados cuando las tropas se vayan 
Wolfgang Streeck es pesimista. Cree que estos tres problemas se potencian entre ellos: “Cada vez hay más evidencia de que la desigualdad creciente puede ser una de las causas del declive del crecimiento” y que “el bajo crecimiento, a su vez, fortalece la desigualdad al intensificar el problema de la distribución”. Y argumenta que el endeudamiento con el que se buscó “compensar a los asalariados y a los consumidores por la creciente desigualdad provocada por el estancamiento de los salarios y los recortes de los servicios públicos”, ha llegado a un límite pues no logró reactivar el crecimiento. “¿Puede continuar indefinidamente lo que parece ser un círculo vicioso de tendencias dañinas? ¿Existen fuerzas contrarias que puedan romperlo y qué ocurrirá si estas no se materializan, tal como ha sucedido durante casi cuatro décadas?”, se pregunta en su artículo “¿Cómo terminará el Capitalismo?”.
Contra la idea extendida de que el capitalismo llega a puntos críticos y luego alcanza un nuevo equilibro, Streeck percibe un declive gradual, aplazado pero inexorable. Y si las tasas de crecimiento siguen cayendo en Europa y el sistema “no es capaz de producir ni siquiera una ilusión de crecimiento sostenible, llegará el momento en que el camino del capitalismo y la democracia se separen”. Esto es, que las democracias de estos países terminen siendo completamente neutralizadas para que los mercados puedan operar sin restricciones de derechos ni obligaciones con la sociedad.
Streeck dijo a CIPER:
-El capitalismo contemporáneo en los llamados países avanzados parece requerir de un Estado que discipline y por lo tanto que no se vuelva un Estado Social. Y los estados han entendido que ellos deben disciplinarse a sí mismos sino serán abandonados por el capital móvil. Esto es lo que está detrás del actual vaciamiento de las instituciones democráticas, incluso en los países tradicionales de “capitalismo democrático”. La pregunta hoy es cuánto tiempo será posible aislar la economía de la intervención democrática sin tener que recurrir a métodos del estilo Pinochet. CRECIMIENTO DE QUIÉN Wolfgang Streeck
Wolfgang Streeck
Sobre el futuro, en una entrevista reciente Streeck argumentó: “Mi hipótesis es que atravesaremos un largo periodo de transición, en el que no sabemos hacia dónde vamos. Es un mundo de incertidumbre, desorden, desorientación, en el que todo tipo de cosas pueden pasar en cualquier momento. Nadie sabe cómo salir del problema, solo vemos que crece”.
En esa incertidumbre, que eventualmente puede terminar en métodos estilo Pinochet, sugiere que es necesario fortalecer la democracia. Pero, ¿cuáles son las características que una democracia debe tener? La pregunta es interesante para un país como Chile que durante mucho tiempo ha asociado democracia con votar y que este año ha discutido sobre la estructura y los contenidos de una nueva Constitución.
-¿Tiene en mente un modelo de lo que la Constitución debe decir o representar para defender la democracia? Votar es muy importante. Pero debe tener consecuencias. Si un Estado no tiene otra opción que seguir las instrucciones de sus acreedores y la voluntad de los inversionistas extranjeros, no hace diferencia quién es elegido ni cómo. La democracia debe tener un efecto. Y cuando ese efecto es real y no una apariencia, involucra la soberanía, interna y también externa. Dada la magnitud de los problemas de hoy no pongo mucha fe en el tema constitucional. En cambio, lo que me parece esencial es movilizar a las personas y la libertad de movilizarse; también la libertad de prensa, incluyendo la existencia de una prensa independiente, alternativa en la prensa escrita y en los medios digitales. Y no menos importante libertad académica para enseñar e investigar. Estos son recursos para movilizar y contra movilizar mucho más importantes que, digamos, si hay una segunda cámara parlamentaria o no.
-En su libro usted destaca la necesidad de instituciones democráticas que limiten los mercados. Los economistas neoliberales argumentan que limitar los mercados implica limitar el crecimiento. Para mantener el sistema democrático, ¿cree que hay que aceptar que el crecimiento va a reducirse? La pregunta es siempre “crecimiento de qué” y “para quién”. El crecimiento en los países de la OECD ha estado declinando por varias décadas, mientras que las utilidades se han incrementado, especialmente en finanzas, con la consecuencia de un explosivo crecimiento en la desigualdad. El crecimiento económico no necesariamente significa que los beneficios escurran a toda la sociedad y sino escurre el crecimiento no es necesariamente algo deseable. El crecimiento puede caer de todos modos. Recuerde a los celebrados BRICS (Brasil, Rusia, India China y Sudáfrica) los cuales, con la excepción de China, son considerados hoy casos perdidos.
-En su reciente libro Desigualdad. ¿Qué podemos hacer?, el economista Anthony Atkinson afirma que reducir la desigualdad es un objetivo que los países deben perseguir aunque el costo sea reducir el crecimiento. Sostiene que “una torta mejor repartida” es preferible a una más grande distribuida con los niveles actuales de desigualdad. ¿Está de acuerdo? ¿Cree que renunciar a niveles de crecimiento es políticamente posible en países como Chile que aún no alcanzan el desarrollo? Estoy de acuerdo con Atkinson, especialmente porque un crecimiento inequitativo puede no ser sustentable social y políticamente. Pero, ¿se puede basar una política de equidad social a expensas de crecimiento o de la promesa de crecimiento? No sin gran apoyo “desde abajo”, y aún así esto puede ser difícil. Respecto de Chile yo no sé mucho de su situación. En otros países uno puede tener dudas si las clases medias realmente necesitan más autos alemanes, ropa interior francesa, series de televisión americanas o pilas de poleras baratas de Tailandia. Pero este es un punto discutible ya que la clase media casi siempre tendrá suficiente influencia política para conseguir por sí mismos lo que desean.
-En su libro El Estado emprendedor, Mariana Mazzucato argumenta que para que los países crezcan el Estado debe involucrarse en el desarrollo de las industrias nacionales para producir economías innovadoras. Aunque eso suena bien desde la macroeconomía, en términos de los equilibrios políticos el acuerdo Estado-Empresa puede ser una pesadilla para los ciudadanos. ¿Cómo evalúa usted las políticas industriales que consideran a los países como equipos productivos? Probablemente es cierto que las políticas industriales pueden desarrollar empresas y sectores, y contribuir a la prosperidad económica. Pero eso no es nada nuevo y la pregunta es por qué eso no ha detenido la marcha hacia el neoliberalismo. Sin tener en cuenta los intereses económicos y el poder, esos libros son fantasías tecnocráticas que hacen a las personas olvidar el mundo real. La idea de los países como equipos productivos es un lenguaje de propaganda para los consultores de negocios, ansiosos de disfrutar su momento de fama antes de que sean rápidamente olvidados. El capitalismo es sobre acumulación de capital, no entre los países, sino entre los capitalistas.
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2014.08.31 13:11 campesin El sentido del progreso desde mi obra - Miguel Delibes

Discurso leído por Miguel Delibes Setién el 25 de mayo de 1975 en el acto de su recepción en la Real Academia de la Lengua
MI CREDO
Cuando escribí mi novela El camino, donde un muchachito, Daniel el Mochuelo, se resiste a abandonar la vida comunitaria de la pequeña vi lla para integrarse en el rebaño de la gran ciudad, algunos me tacharon de rea ccionario. No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel el Mochuelo era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia pero absolutamente irracional.
Posteriormente mi oposición al sentido moderno del progreso y a las relaciones Hombre-Naturaleza se ha ido haciendo más acre y radical hasta abocar a mi novela Parábola del náufrago, donde el poder del dinero y la organización -quintaesencia de este progreso- termina por convertir en borrego a un hombre sensible, mientras la Naturaleza mancillada, harta de servir de campo de experiencias a la química y la mecánica, se alza contra el hombre en abierta hostilidad. En esta fábula venía a sintetizar mi más honda inquietud actual, inquietud que, humildemente, vengo a compartir con unos centenares -pocos- de naturalistas en el mundo entero. Para algunos de estos hombres la Humanida d no tiene sino una posibilidad de supervivencia, según declararon en el Ma nifiesto de Roma: frenar su desarrollo y organizar la vida comunitaria sobre ba ses diferentes a las que hasta hoy han prevalecido.
De no hacerlo así, consumaremos el suic idio colectivo en un plazo relativamente breve. Su razonamiento es simple. La industria se nutre de la Naturaleza, y la envenena y, al propio tiempo, propende a desarrollarse en complejos cada vez más amplios, con lo que día llegará en que la Naturaleza sea sacrificada a la tecnología. Pero si el hombre precisa de aquélla, es obvio que se impone un replanteamiento. Nace así el Manifiesto para la Superviven cia, un programa que, pese a sus ribetes utópicos, es a juicio de los firmantes la única alternativa que le queda al hombre contemporáneo. Según él, el hombre debe retornar a la vida en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, los países evolucionados se impondrán el «desarrollo cero» y procurarán que los pueblos atrasados se desarrollen equilibradam ente sin incurrir en sus errores de base. Esto no supondría renunciar a la técnic a, sino embridarla, someterla a las necesidades del hombre y no imponerla como meta. De esta manera, la actividad industrial no vendría dictada por la sed de poder de un capitalism o de Estado ni por la codicia veleidosa de una minoría de gr andes capitalistas. Sería un servicio al hombre, con lo que automáticamente dejarí an de existir países imperialistas y países explotados. Y, simu ltáneamente, se procuraría armonizar naturaleza y técnica de forma que ésta, aprovechando lo s desperdicios orgáni cos, pudiera cerrar el ciclo de producción de una manera racional y ordenada.
Tales conquistas y tales frenos, de los cu ales apenas se advierten atisbos en los países mejor organizados, imprimirían a la vida del hombre un sentido distinto y alumbrarían una sociedad estable, donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a ot ros valores específicamente humanos.
Esto es, quizá, lo que yo intuía vagamente al escribir mi novela El camino en 1949, cuando Daniel, mi pequeño héroe, se resistía a integrarse a una sociedad despersonalizada, pretendidamente progre sista, pero, en el fondo, de una mezquindad irrisoria. Y esta intuición, cuyos principios, auténticamente revolucionarios, fueron luego formulados por un plantel respetable de sabios humanistas, es lo que indujo a algunos co mentaristas a tachar de reaccionaria mi postura. Han sido suficientes cinco lustros para demostrar lo contrario, esto es, que el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre , ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en cris is, y establecer las relaciones Hombre- Naturaleza en un plano de concordia.
He aquí mi credo y, por hacerlo compre nder, vengo luchando desde hace muchos años. Pero, a la vista de estos postul ados, ¿es serio afirmar que la actual orientación del progreso es la congruen te? Si progresar, de acuerdo con el diccionario, es hacer adelanta mientos en una materia, lo procedente es analizar si estos adelantamientos en una materia impl ican un retroceso en otras y valorar en qué medida lo que se avanza justifica lo que se sacrifica.
El hombre, ciertamente, ha llegado a la Luna pero en su organización político-social continúa anclado en una ardua disyuntiva: la explotación del hombre por el hombre o la anulación del individuo por el Estado . En este sentido no hemos avanzado un paso. Los esfuerzos inconexos de alguno s idealistas -Dubcek 1968 y Allende 1973- no han servido prácticamente de nada. A pesar de nuestros avances de todo orden en política, la experimentación constituye un privilegio más de los fuertes. Perfil semejante, aún más negativo, nos ofrece el tan cacareado progreso económico y tecnológico. El hombre, arrullado en su comfortabilidad, apenas se preocupa del entorno.
La actitud del hombre contemporáneo se as emeja a la de aquellos tripulantes de un navío que, cansados de la angostura e in comodidad de sus camarotes, decidieron utilizar las cuadernas de la nave para ampliar aquéllos y amueblarlos suntuosamente. Es incontes table que, mediante esta actitud, sus particulares condiciones de vida mejorarí an, pero, ¿por cuánto tiempo ? ¿Cuántas horas tardaría este buque en irse a pique -arrastrando a culpables e inocentes- una vez que esos tripulantes irresponsables hubieran destruido la arquitectura general de la nave para refinar sus propios compartimientos?
He aquí la madre del cordero. Porque ah ora que hemos visto su ficientemente claro que nuestro barco se hunde -y a tratar de aclararlo un poco más aspiran mis palabras-, ¿no sería progresar el admitirlo y aprontar los oportunos remedios para evitarlo?
El hombre, obcecado por una pasión domi nadora, persigue un beneficio personal, ilimitado e inmediato y se desentiende del futuro. Pero, ¿cuál puede ser, presumiblemente, ese futuro? Negar la posibilidad de mejorar y, por lo tanto, el progreso, sería por mi parte una ligereza; condenarlo, una neceda d. Pero sí cabe denunciar la dirección torp e y egoísta que los rectores del mundo han impuesto a ese progreso.
Así, quede bien claro que cuando yo me refiero al prog reso para ponerlo en tela de juicio o recusarlo, no es al progreso estabilizador y humano -y, en consecuencia, deseable- al que me refiero, sino al sentido que se obstinan en imprimir al progreso las sociedades llamadas civilizadas.
1 EL PROGRESO CONTRA EL HOMBRE
Todos estamos acordes en que la Ciencia ap licada a la tecnología ha cambiado, o seguramente sería mejor decir revolucionado, la vida mo derna. En pocos años se ha demostrado que el ingenio del hombre, como sus necesidades, no tienen límites.
El espíritu de invención y el refinamien to de lo inventado arrumban objetos que hace apenas unos años nos parecían insupe rables. En la actualidad disponemos de cosas que no ya nuestros abuelos, sino nu estros padres hace apenas cinco lustros hubieran podido imaginar. El cerebro humano camina muy de prisa en el conocimiento de su entorno. El control de las leyes físicas ha hecho posible un viejo sueño de la Humanidad: someter a la Naturaleza.
No obstante, todo progreso, todo impuls o hacia delante comporta un retroceso, un paso atrás, lo que en términos cinegé ticos, jerga que a mí me es muy cara, llamaríamos el culatazo. Y la Física nos dice que este culatazo es tanto mayor cuanto más ambicioso sea el lanzamiento. Esto presupone que tanto la técnica como la Química, como muchos remedios de botica, sabemos lo que quitan pero ignoramos lo que ponen, siquiera no se nos oculta que, en muchas ocasiones, el envés de aquéllas, sus aspectos negativos, se emparejan, cuando no superan, a los aspectos positivos.
Pongamos por caso el DDT. Este descubr imiento alivió, como es sabido, a los soldados de la Segunda Guerra Mundial de la plaga de los parásitos y, una vez firmada la paz, su aplicación en la lucha contra la malaria y otras enfermedades tropicales confirmó su eficacia. La Humanidad no ocultó su entusiasmo; al fin estaba en camino de encontrar la panace a, el remedio para sus males. Bastaron, sin embargo, unos pocos años para descubrir la contrapartida, esto es, los efectos del culatazo.
Hoy, incluso los escolares de buena parte del mundo saben que este insecticida, en virtud de un proceso que ya nos resulta fa miliar se ha incorporado a los organismos animales sin excluir al hombre hasta el punto de que análisis de la leche de jóvenes madres efectuados por biólogos compañer os de mis propios hijos han demostrado que nuestros lactantes son amamantados, en proporción no desdeñable, con DDT. Los suecos, gente amante de las estadísticas, nos dicen que la leche de algunas madres de aquel país contiene un 70 % más de insecticida que el nivel tolerado por la Salubridad Pública para la leche de vaca.
Algo semejante cabría de cir de algunas conquistas técnicas encaminadas a satisfacer los viejos anhelos de ubicui dad del hombre: automóviles, aviones, cohetes interplanetarios. Tales invenciones aportan, sin duda, ventajas al dotar al hombre de un tiempo y una ca pacidad de maniobra impensables en su condición de bípedo, pero, ¿desconocemos, acaso, que un aparato supersónico que se desplaza de París a Nueva York consume durante la s seis horas de vuelo una cantidad de oxígeno aproximada a la que, durante el mismo tiempo, ne cesitarían 25.000 personas para respirar?
A la Humanidad ya no le sobra el oxígen o, pero es que, además, estos reactores desprenden por sus escapes infinidad de pa rtículas que interfieren las radiaciones solares, hasta el punto de que un equipo de naturalistas desplazado durante medio año a una pequeña isla del Pacífico para estudiar el fenómeno, informó en 1970 al Congreso de Londres, que en el tiempo que llevaban en funcionamiento estos aviones, la acción del Sol luminosa y calorífica había decrecido aproximadamente en un 30 %, con lo que, de no adoptarse el oportuno correctivo, no se descartaba la posibilidad de una nueva glaciación.
Pero, ¿y la Medicina?, argüirán los op timistas. ¿También tiene usted alguna objeción que hacer al desarrollo de la Me dicina? ¿No se ha doblado, en un breve lapso, el promedio de la vida humana? ¿No nos anuncian cada día los periódicos, con grandes titulares, nuevo s triunfos sobre el dolor y la muerte? Esto es incontestable. He aquí un punto en el que negar el progreso sería negar la evidencia.
Las conquistas de la Medicina y la Higiene en el último período histórico no sólo son plausibles sino pasmosas. Las enfermedad es infecciosas han sido prácticamente erradicadas y se han conseguido notables progresos en aquellas otras de origen genético. Todo esto, repito, es incuestionable.
Empero la contrapartida de estos éxitos también se da, y aunque parezca paradójico, deriva de su misma eficacia . La Medicina en el último siglo ha funcionado muy bien, de tal forma que ho y nace mucha más gente de la que se muere. La demografía, entonces, ha es tallado, se ha producido una explosión literalmente sensacional. A una población estancada hasta el siglo XVII en 600 o 700 millones, ha sucedido un crecimiento le nto pero inexorable, hasta conseguir, tras el descubrimiento de los antibióticos, doblarla en los últimos treinta años. Esto supone que, prescindiendo de posibl es nuevos avances en este campo, y ateniéndonos al: ritmo alcanzado, la po blación mundial se duplicará cada seis lustros, lo que equivale a decir que los 3.500 millones de personas de 1970, se convertirán en 56.000 antes de finalizar el siglo XXI, esto es, si no yerro en la cuenta, la población actual, más o menos, multiplicada por catorce.
La pregunta irrumpe sin pedir paso: ¿va a dar para tantos la despensa? Si este progreso del que hoy nos jactamos no ha conseguido atenuar el hambre de dos tercios de nuestros semejantes, ¿qué se puede esperar el día, que muy bien pueden conocer nuestros nietos, en que por cada hombre actual haya catorce sobre la Tierra?
La Medicina ha cumplido con su deber; pero al posponer la hora de nuestra muerte, viene a agravar, sin quererlo, los problema s de nuestra vida. La Medicina, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido cambiarn os por dentro; nos ha hecho más pero no mejores. Estamos más juntos -y aún lo estaremos más- pero no más próximos.
2 HOMBRES ENCADENADOS
Para nuestra desgracia, el culatazo del progreso no sólo empaña la brillantez y eficacia de las conquistas de nuestra era. El progreso comporta -inevitablemente, a lo que se ve- una minimización del ho mbre. Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una pieza má s -e insignificante- de este ingente mecanismo que hemos montado. La tecnocra cia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos.
En el siglo de la tecnología, todo eso no es sino letra muerta. La idea de Dios, y aun toda aspiración espiritual , es borrada en las nuevas generaciones -seguramente porque la aceptación de estos principios no enalteció a las precedentes- mientras los estudios de Humanidades, por ceñirme a un punto concreto, sufren cada día, en todas partes, una nueva humillación. Es un hecho que las Facultades de Letras sobreviven en los países más adelantado s con las migajas de un presupuesto que absorben casi íntegramente las Facultades y Escuelas técnicas.
En este país se ha hablado de suprimir la literatura en los estudios básicos - olvidando que un pueblo sin literatura es un pueblo mudo- porque, al distraer unas horas al alumnado, distancia la consecución de unas cimas científicas que, conforme a los juicios de valor vigentes, resultan más rentables. Los carriles del progreso se montan, pues, sobre la idea del provecho, o lo que es lo mismo, del bienestar. Pero, ¿en qué consiste el bienestar? ¿Qué entiende el hombre contemporáneo por «estar bien»?
En la respuesta a estas interrogantes no es fácil el acuerdo. Ello nos desplazaría, por otra parte, a ese otro complejo problema de la ocupación del ocio. Lo que no se presta a discusión es que el «estar bien » para los actuales rectores del mundo y para la mayor parte de los humanos, cons iste, tanto a nivel comunitario cómo a niveles individuales, en disp oner de dinero para cosas. Sin dinero no hay cosas y sin cosas no es po sible «estar bien» en nuestros días.
El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. El dinero se antepone a todo; llegado el caso, inclus o al hombre. Con dinero se montan grandes factorías que producen cosas y con dinero se adquie ren las cosas que producen esas grandes factorías. El hecho de que esas cosas sean necesarias o superfluas es accesorio. El juego consiste en producir y consumir; de tal modo que en la moderna civilización, no sólo se considera honesto sino inteli gente, gastar uno en producir objetos superfluos y emplear noventa y nueve en persuadirnos de que nos son necesarios.
Ante la oportunidad de multiplicar el dinero -insisto, a todos los niveles-, los valores que algunos seres aún respetamos, son sacrificados sin vacilación. Entre la supervivencia de un bosque o una laguna y la erección de una industria poderosa, el hombre contemporáneo no se plante a problemas: optará por la segunda. Encarados a esta realidad, nada pued e sorprendernos que la corrupción se enseñoree de las sociedades modernas. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días.
Esta tendencia arrolladora del progreso se manifiesta en todo s los terrenos. Yo recuerdo que allá por los años 50, un ridículo concepto de la moral llevó a este país a la proscripción de las playas mixtas y la imposición del albornoz en los baños públicos para preservar a los españole s del pecado. Se trataba de una moral pazguata y atormentada, de acuerdo, pero, era la moral que oficialmente prevalecía. Fue suficiente , empero, el descubrimient o de que el desnudismo aportaba divisas para que se diera paso franco a la promiscuidad soleada y al «bikini». El dinero triunfaba también sobre la moral.
Y ¿qué decir de los trabajos rutinarios, embrutecedores, sobre los que se organiza hoy la gran industria?
La eficacia, la producción espectacular -o, lo que es lo mismo, el dinero- se antepone igualmente a la integridad y la dignidad humanas. Fabricar un hombre es una actividad infinitamente más sencilla y agradable que fabricar un automóvil, con lo que nunca ha de faltar el recambio para un hombre inutilizado. Sobre esta base, nace y se extiende la fabricación en se rie, en cadena, dónde no cuentan más que los resultados. Las nobles advertencias de Charles Chaplin al respecto, en el primer tercio del siglo, es decir cuando aún era tiempo de reflexión, quedaron como una obra de arte, sin ningun a trascendencia práctica.
Así, paralelamente a la producción de cosas, se iban produciendo frustraciones también en cadena. La serie facilita una compensación pendul ar: si, por un lado, destruye al hombre al anular su amor por la obra bien hecha, por el otro, facilita la consecución de esa obra y esto, cerrar el cicl o, es lo que en definitiva interesa al orden económico de nuestro ti empo. El hecho de que la serie fabrique, de rechazo, hombres en serie y la cadena, hombres en cadenados, no nos desazona porque no interrumpe la marcha del progreso.
Simultáneamente, el desarroll o exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecani smo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a co mprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: «Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta».
Hoy no aspiramos a que ningún traje nos enti erre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran cola pso económico de nuestros días.
Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción, porque, ¿qué suce dería el día que todos estuviéramos servidos de objetos perdurables? La gran crisis, primero, y, después el caos. Apremiados por esta exigencia, fabricamos , intencionadamente, telas para que se ajen, automóviles para que se estropeen, cuchillos para que se mellen, bombillas para que se fundan.
Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -gra ve sin duda- es exclusivo de l mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev decl araba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porq ue no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.
En rigor, ambas sociedades, la oriental y la occidental, no son fundamentalmente diferentes, en este punto.
Aceptado lo antedicho, no parece gratuito afirmar que, salvo en unos millares de científicos y hombres sensibles repartidos por todo el mundo, el progreso se entiende hoy de manera análoga en todas partes. El desarrollo humano no es sino un proceso de decantación del material ismo sometido a una aceleración muy marcada en los últimos lustros.
Al teocentrismo medieval y al antropoc entrismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo se ntido de elevación en el hombre le ha hecho caer en la abyeccíón y la egolatría.
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